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A Coruña

Eduardo Toba | “Para mí, la Torre de Hércules es un orgullo porque es el símbolo y la fuerza de La Coruña”

De niño, los puertos y el mar le volvían loco, así que era inevitable que acabase siendo ingeniero de proyectos importantes como la restauración de la Torre y la creación del parque escultórico

Eduardo Toba, entre Breogán y la Torre
Eduardo Toba, entre Breogán y la Torre
Javier Alborés
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Eduardo Toba (A Coruña, 1951) se define como “un niño de Riazor”, una playa que “si trazamos la bisectriz, estamos en la línea de Groenlandia”, explica. Como ingeniero jefe de la Demarcación de Costas, fue partícipe de momentos tan importantes para la ciudad como la construcción del Paseo Marítimo, la restauración de la Torre y la creación del parque escultórico y el accidente del ‘Mar Egeo’.

¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?

Con dos añitos, en la playa de Riazor, en una foto que me hicieron mis padres, porque yo nací en la plaza de Portugal. Yo soy niño de Riazor.

¿Qué recuerda del barrio en esos momentos?

Que no había muchas casas, la plaza de Portugal entonces era como una frontera. Recuerdo el Agra, Ciudad Jardín y el estadio de Riazor, con el proyecto de Rey Pedreira, que era grecolatino, pero muy bonito, con su torre del homenaje, su pista de ceniza... Como mi padre fue entrenador del Deportivo, de niño recibía los Reyes como los hijos de los jugadores. Recuerdo a Amancio, entre otros.

¿A dónde fue al colegio?

Mi padre se fue a Muxía, así que yo iba a la escuela allí, donde mis compañeros eran muy pobres. Tanto que algunos iban descalzos. Cuando yo tenía seis o siete años, mi padre emigró a América y allí fui a colegios de La Salle, incluso al volver, salvo en los jesuitas de Alicante, que me vinieron muy bien porque aplicaban la regla de Santo Tomás y el jueves era el día del deporte. Empecé a correr 800 metros lisos y el primer día resulta que batí el récord de España no homologado. Era muy bueno en 1.500, 3.000 y 800. Tuve la suerte de poder entrenar con la selección española, porque muchos eran amigos de mi padre. El atletismo era una pasión para mí.

¿Y en qué momento decide que quiere ser ingeniero?

Mi padre y mi tío querían que fuese médico. Y mi primo también. Estuvimos yendo dos veranos a ver operaciones con mi tío; la cirugía me gustaba y ayudar al prójimo. Pero la ingeniería también me gustaba. Los puertos me volvían loco y el mar, también. De pequeñito, en Muxía, jugábamos con diques en la playa. Éramos una especie de pececitos metidos en el mar.

Y, entonces, se va a Madrid...

Ya estaba allí. Decidí hacer Caminos pero seguí practicando atletismo, haciendo running por las calles dos días a la semana.

Cuando nadie salía a correr...

Nadie. Iba por la calle Serrano yo solo. Sacaba las mejores notas y hacía mucho deporte.

Y sigue haciéndolo a día de hoy.

Sí; tuve una lesión de menisco por una caída de la bici pero podría tener un récord de España de 800.

“La duna, que mis compañeros llaman la duna Toba, porque la inventé yo, es la mejor solución; con un dique pierdes la visión del horizonte y La Coruña es horizonte”Eduardo Toba

Y, cuando termina la carrera de ingeniero, ¿vuelve a A Coruña?

Me fui a trabajar a Gijón, al puerto.Tenía una pantilla de 400 trabajadores que, antes de que yo llegase, morían tres o cuatro al año y cambié eso. Yo tenía una regla que era muy solidaria: antes de que vaya el obrero, va el ingeniero. Como el militar, siempre delante. Luego fui delegado de Fomento durante tres años pero no me gustaba y acabé presentándome al cuerpo de ingenieros del Estado. Pido destino en Costas y durante casi diez años dirijo y redacto del orden de 300 proyectos. He tocado prácticamente todo el litoral de la provincia de A Coruña.

Y ahí es donde le ‘toca’ el ‘Mar Egeo’.

Un día, cuando llego de Madrid, mi conductor me dice que acaba de estrellarse un petrolero en los bajos de la Torre. La Policía no me dejaba subir pero yo, como tengo mentalidad militar, fui a sacar a la gente que viví allí. Ahí hubo auténticos héroes, los del Helimer. Gracias a Dios, el viento se llevó el humo hacia el otro lado. Eso nos dio la vida,  porque si no en Adormideras y Monte Alto hubiese muerto gente por intoxicación.

¿Fue la situación más grave a la que se enfrentó?

Sí y, además, no podía hablar con mi familia, entonces no había móviles. Al final, el humo fue hacia la Torre y hubo que restaurar otra vez el faro.

Que estaba recién limpio...

Sí, y hubo que empezar otra vez. A mí me tocó toda la coordinación de playas pero decidimos no dejar entrar a voluntarios.

Aparte de esta actuación, ¿de cuál se siente más orgulloso?

Del paseo marítimo del Burgo y de la playa de Santa Cristina. Con Miguel Ángel Losada y Rafael Medina estudié el efecto de los diques sobre la playa y vimos que habían reducido el oleaje. También se había extraído mucha arena en barcazas, estudiamos el fondo marino... Se hizo una cosa que no se había hecho en la vida, un perfil de mares con marea. Y fue la solución porque a los cuatro años no se había movido un centímetro la playa de su posición. El dique de Abrigo la hizo girar pero redujo el oleaje y el de Oza lo redujo aún más, pero un temporal se llevó gran parte de la arena. Ese fue para mí un proyecto de auténtico orgullo.

También tiene parte de ‘culpa’ del parque escultórico de la Torre...

La Torre para mí es un orgullo porque es el símbolo y la fuerza de La Coruña, es el símbolo y la presencia de Roma aquí. La Torre, probablemente, fuese una casa de contratación. Aprendí mucho con los arqueólogos, con Xosé María Bello, y agradecí mucho el apoyo de Francisco Vázquez. Me sentí muy arropado y estuvieron todos muy unidos, desde diferentes administraciones, y eso es importantísimo para que las cosas salgan adelante. Queríamos rehabilitar la cárcel como centro de interpretación, pero no hubo la generosidad por parte de la Administración del Estado en dar a La Coruña lo que La Coruña se merecía, un lugar de redención a través de la cultura.

Aparte de la Torre, ¿qué otros lugares de A Coruña le gustan?

La playa de Riazor. En esa zona, hay mucho mar. La Coraza está a la cota once, el mar no pasa pero en el paseo está a la cota ocho. Y una de dos: o levantas el paseo y la gente no lo quiere o pones la duna, que mis compañeros llaman la duna Toba, porque la inventé yo.

¿Es invención suya?

Sí, la inventé yo. Es hidráulica pura. En Cantabria lo hacen también.

¿Es la mejor solución que hay?

Sí. Algunos dicen de hacer un dique pero entonces pierdes la visión del horizonte y La Coruña es horizonte, no puedes quitar la visión del mar. El mar es libertad.

¿De qué presume como coruñés?

De un alma libre. Cuando cantábamos ‘Rosas en el mar’ y luchábamos por la libertad, y éramos poco más que los hippies del Orzán. La Coruña es libertad y es el mar lo que te da la libertad.

Si tuviera una máquina del tiempo, ¿a qué época iría?

Quizás a conocer al duque de Wellington y a sir John Moore. Yo, que he sido afrancesado toda mi vida, me fastidió mucho que nos invadieran y que quisieran hacernos vasallos, así que me gusta que nos ayudase un inglés de origen irlandés.

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