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A Coruña

Dos generaciones frente a la diabetes: de hervir agujas a bombas inteligentes

Madre e hija descubrieron muy jóvenes que tenían esta enfermedad, con 17 y con solo seis años

Ana María Varela y Vanessa María Fernández, madre e hija, en el Parque de Santa Margarita
Ana María Varela y Vanessa María Fernández, madre e hija, en el Parque de Santa Margarita
Germán Barreiros
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Ana María Varela cumple este mes 50 años. Pero esa no es su edad real, sino el tiempo que convive con la diabetes tipo 1. Con 17 años pasó a ser insulinodependiente en una época en la que enfrentarse a esta patología era muy diferente. Años más tarde le tocaría a su hija, Vanessa María Fernández, quien con tan solo seis años aprendió a vivir con ella. Dos realidades muy diferentes en una misma casa que hoy cuentan con motivo de Día Mundial de la Diabetes.

“Cuando empecé, con 17 años, era una época muy chunga. En mi casa no había nadie con diabetes y mis padres se lo tomaron bastante mal. Y yo también. Me prohibían muchas cosas porque no sabían lo que era”, recuerda Ana. Entonces era 1975 y no había todos los dispositivos tecnológicos que hay hoy en día. “Yo tenía que hervir las agujas todos los días. No había desechables que hay ahora”, cuenta.

Hoy en día Ana tiene sensor y bomba de insulina, un avance que cambió completamente su vida en una enfermedad que se caracteriza por tener que estar constantemente tomando decisiones. “Pensar en tener una hemoglobina como tengo ahora era imposible. No me imaginaba vivir estos adelantos”, asegura.

Aunque su bomba inteligente no es de las que inyecta la insulina automáticamente, con solo una aplicación en el móvil puede consultar sus niveles y saber la cantidad que necesita sin hacer cálculos. Todo eso le permite tener su enfermedad controlada y, aunque reconoce que es un día a día, asegura que “con los años te vas acostumbrando”.

Pero lo que no esperaba es que con solo seis años le tocase a su hija pequeña. “Fue horrible, yo lo pasé muy mal. Aunque es hereditario, nunca piensas que te va a tocar”, asegura.

Conocer la enfermedad fue clave para que Ana detectase las señales a tiempo. “Yo tenía mucha sed, adelgacé muchísimo repentinamente y casi no comía. Cuando fuimos al hospital, mi madre ya tenía prácticamente el diagnóstico hecho”, cuenta Vanessa. Y no falló.

Una adolescencia complicada

Tener diabetes con seis años implica gominolas sin azúcar, menos tarta en los cumpleaños y, en definitiva, “dejar de comer lo típico que comes cuando eres pequeña”. Pero eso lo llevó bien y tener el ejemplo en casa le ayudó a hacerlo su rutina.

Hasta que llegó la adolescencia: “Lo llevé peor con 16 o 17 años, cuando empiezas a salir y ves que todo el mundo puede hacer lo que le dé la gana y tú tienes que estar pendiente del azúcar”. Pero Vanessa quiere dejar claro que esta enfermedad “no te frena”. “Yo no he dejado de hacer nada, me he ido de viaje y he salido de fiesta como la que más”.

Más allá del azúcar

Ana y Vanessa recalcan que el problema de la diabetes no es “simplemente mirarse el azúcar”. Afecta a la comida, al estado de ánimo y hasta a la menstruación. “Tú puedes hacer todos los días lo mismo, comer igual y hacer todo igual” que cada día es diferente, asegura la madre. También su hija recalca que “no son matemáticas” y “las emociones afectan muchísimo”.

Llegar a la Asociación Coruñesa de personas con Diabetes (Acodi) fue clave para ellas, sobre todo para Vanessa: “Yo me sentía la rara y me ayudó muchísimo ver a gente de mi edad”. 

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