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Un operario, con un soplador de hojas en el cementerio de San Amaro
Un operario, con un soplador de hojas en el cementerio de San Amaro
Quintana
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Con el cambio de hora, la UE baja de repente la persiana y apaga las tardes interminables del verano para que dejemos de tomar cañas y nos pongamos a currar. Ese cerrojazo me recuerda la escena final de Amanece que no es poco, cuando Saza desenfunda su pistola y se pone a pegar tiros al sol porque sale por donde no debe. Los burócratas europeos son los guardias civiles de paisano que disparan al cielo para acabar de una vez con esas jornadas ociosas en las que es de día hasta las once de la noche. 

En Bruselas, con sus nubes eternas de gris funcionarial, mandan los calvinistas, que prefieren que se haga de noche a media tarde para meternos a todos muy temprano en la cama. Los hombres de negro quieren acostarnos pronto para que madruguemos mucho y trabajemos mucho, que es lo que más pone a los puritanos. Para estas gentes con alma de contables, el verano es una frivolidad. Por eso celebran con un entusiasmo algo sádico la llegada del otoño. Una estación que, más que llegar, se desploma sobre nosotros con esa noche súbita de las seis de la tarde que cada año nos pilla por sorpresa.

El funcionario que abanica hojas en nuestra acera no tiene piedad. Da igual que supliques o que delates a todos tus amigos y familiares

Hasta no hace mucho, yo también asumía sin mayor reflexión que la otoñada se presentaba con el dichoso retraso de las agujas del reloj (un giro que siempre me ha puesto muy nervioso porque nunca he entendido adónde van a parar esas horas robadas). ¿Pero cuándo arranca de verdad la estación en Coruña? ¿Con la vuelta al cole? ¿Con el cambio horario? ¿Con la rentrée del castañero de la calle Real? ¿Con los anuncios de abrigos de El Corte Inglés? Para nada. Aquí el equinoccio no cuaja hasta que escuchamos una sopladora de hojas bajo nuestra ventana. Ese es el verdadero final del verano.

Me tropecé con la primera sopladora de la temporada mientras paseaba desprevenido por el parque de Santa Margarita. Ahí estaba el artefacto diabólico, en las manos de un concienzudo empleado municipal, afanado en despejar los adoquines de hojarasca con esa especie de secador de pelo gigante. A su lado se movía en círculos otra máquina satánica: una de esas barredoras con cabina que seguro que son muy ecológicas y ecosostenibles, pero que dejan a su paso un estruendo sospechosamente parecido a los lamentos del infierno. Hay aviones que aterrizan en Alvedro con muchos menos decibelios.

Si estuviese preso en una mazmorra y me diesen a escoger entre la sopladora y el potro de tortura, tengo muy claro qué elegiría. No hay tormento más atroz que la música de viento de la sopladora. El suplicio del potro es mucho más humano y llevadero. Y no me refiero a aquel potro que nos hacían saltar en clase de Gimnasia, que también era un auténtico martirio, sobre todo si uno era torpe y aterrizaba de culo en el artefacto. Hablo de ese torno inventado en la Edad Media sobre el que te tendían para estirarte las articulaciones a placer. Tenías dos opciones: o confesabas o te descoyuntaban. Pero al menos no te perforaban los oídos. Y es que, pese a su reputación, los medievales eran unos benditos. Podían hacerte pasar un calvario durante unas horas, pero siempre te dejaban una escapatoria. El funcionario que abanica hojas en nuestra acera no tiene piedad. Da igual que supliques o que delates a todos tus amigos y familiares. No va a detener el soplido hasta que ventile toda la broza del barrio.

Aunque mucho me temo que la verdadera misión del operario que pone banda sonora al otoño con esta fanfarria del maligno no es juntar hojas muertas. Lo que está barriendo son los últimos rayos de sol de un verano abatido a tiros en un despacho de Bruselas.

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