
A Coruña se vistió de luto ayer, Día de Todos los Santos, para recibir al hombre de negro español. También de riguroso luto, con una sola nota de color rojo en la base del micrófono, lucía el escenario. Sin embargo, en ese ambiente tan fúnebre, Loquillo demostró que el rock sigue vivo. Es cierto que muchos de los espectadores peinaban canas (o absolutamente nada) pero bajaron al foso del Coliseum dispuestos a bailar y corear como en sus mejores tiempos.
Y Loquillo, siempre un gigante, demostró su grandeza como artista en el escenario. Cuando apoyó su pie en el altavoz en esa postura tan suya, el deleite entre sus incondicionales se hizo palpable. Para eso habían venido, para el buen y viejo rock’n roll, y para confirmar que el catalán, a sus 64 años, no está para jubilarse.
Su llegada la anunció un redoble de tambor. Primero hubo oscuridad, luego destellos de luz, aplausos, y finalmente él, de espasmódicas rodillas, cantando ‘En las calles de Madrid’.

A esta le siguió ‘Línea clara’ para luego continuar con ‘María’ mientras hacía malabares con el bastón del micrófono. Cantó después sobre la luna llena para sus lunáticos y ‘Sol’ para deslumbrarles a todos. “¡Coruña!”, saludó para luego cantar ‘Los buscadores’.
A medida que avanzaba la noche, Loquillo se remontaba cada vez más a sus grandes éxitos, que obligaban a saltar al respetable con cada calambrazo de la guitarra eléctrica, demostrando que verdaderamente tienen actitud para el rock.
La siguiente fue ‘El hombre de negro’, una de las obligadas. Fue ahí cuando hizo uno de los escasos comentarios. Él, lacónico porque no derrocha nada excepto cuando interpreta, confesó que “siempre que canto está canción me gusta utilizar esta frase: ‘Cruzando el Paraíso’”. Pero el escenario se volvió azul y el público, loco, cuando entonó ‘Cadillac solitario’. También cantó su canción más polémica y una de las más populares de su trayectoria: ‘La mataré’.
Dedicatoria

En un momento dado, afloró su vena sentimental: “Soy un Frankenstein de todos los lugares y gentes que he conocido. Unos se han ido, el rock se ha quedado. Para ti, Fernando Pereira”, dijo antes de cantar ‘Memoria de jóvenes airados’.
Una vez abierto el baúl de los recuerdos, este parecía desbordarse. Le tocó el turno a ‘Besos robados’. El público se sabía las letras como el Padrenuestro y cuando Loquillo se ponía la mano detrás de la oreja, miles de voces cantando a unísono llenaron el Coliseum con su eco. La locura alcanzó el paroxismo cuando ofreció ‘El ritmo del garaje’ a una multitud ya convertida en trogloditas. Fueron varios minutos de aplausos en los que el público repetía sin parar “porque yo tengo una banda de rock’n roll”. “¿Y quién son? ¡Somos jodidamente nosotros?”. El ánimo se mantuvo alto con ‘Feo fuerte y formal’, otro de los éxitos de un Loquillo en forma que hizo vibrar al público coruñés.













