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A Coruña

Cuando el cáncer golpea a una familia entera: “En cinco años fue todo: yo, mi marido y mi hija”

Pili Bello se hizo voluntaria de la AECC, la asociación que la "salvó" después de enfrentarse a esta enfermedad como paciente y como familiar

Pili Bello, en la sede de la AECC en A Coruña
Pili Bello, en la sede de la AECC en A Coruña
Javier Alborés
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Cuando el cáncer toca a la puerta de una persona, no solo le cambia la vida a ella, también a su entorno lo sufre. Pero cuando esta enfermedad golpea a toda la familia, y más aún si no se trata de algo genético, casi no hay palabras para describir lo que han vivido personas como Pili Bello: “En cinco años fue todo: yo primero, mi marido después, pero cuando fue lo de mi hija ahí me hundí”. La Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) en A Coruña la “salvó” y por ello decidió convertirse en voluntaria tiempo después: “De escapar de los hospitales y de no poder verlos, ahora estoy en Oza. No lo podré agradecer nunca”.

El primer diagnóstico de Pili fue hace 17 años. Seis meses después de que se casase su hija fue a un cribado preventivo, una cita que le tocó a las siete de la tarde de un día de Nochebuena. Más preocupada por hacer la comida que por la mamografía, acudió sin saber que días después le llegaría una carta del Sergas y tendría que volver al hospital. “El doctor no me lo dijo porque no podía. Yo ya iba histérica”, recuerda. En aquel momento no conocía a nadie que hubiese pasado por un cáncer y “solo quería correr, escapar”, sin saber aún qué le pasaba.

Del miedo al enfado

De hecho, el pronóstico no lo supo hasta el final: “Yo miraba para otro lado porque para mí que tenía todo deshecho. No quise escuchar al médico, pero lo me quería decir era que cómo lo supe, si él casi no lo ve. Era muy pequeñito”. Después de una operación y radioterapia, Pili quedó limpia. Pero a los diez años, tras una revisión, volvió a recibir una llamada del Abente y Lago. “Ahí ya no lo cogí con miedo, sino con enfado”. “¿Pero por qué?”, se preguntaba.

"Cuando mi hija fue al internista, me saltó el cordón umbilical. Subí, me abrió la puerta y me dijo: cáncer. Ahí sentí que me iba para abajo"Pili Bello

Desde ahí, “fue todo seguido”. Tras una revisión de su marido –Fernando– después de una peritonitis, le detectaron a él un cáncer de próstata “avanzado”. Se operó, pero a los meses le vieron una mancha en el pulmón. Volvió a pasar por quirófano en plena pandemia, en agosto de 2020, donde “le quitaron un trocito” del órgano. “Salió bien” pero “entonces mi hija se nota un bulto en el cuello. Pensó que era estrés y nerviosismo por la operación de su padre. Pero no le daba desaparecido y fue al médico”, cuenta Pili.

Recuerda que cuando la mandaron por Urgencias ninguna daba crédito. La atendió un joven que en vez de mirarle el cuello le palpó el abdomen y la citó con un internista. “La tenía a las nueve de la mañana y a y media me saltó, como digo yo, el cordón umbilical. Le pedí a mi marido que me llevase y nos cruzamos en la carretera. Subí, me abrió la puerta y me dijo: cáncer”. Para ella, nada se compara con lo duro que fue recibir esa noticia: “Sentí que me iba para abajo”.

Anabel, su hija, sufrió después un herpes zóster severo que les hizo sufrir “más que la quimio”. Pero el golpe más doloroso llegaría después, cuando en 2023 le volvieron a detectar cáncer a Fernando: “Ahí ya le quitaron el pulmón entero. Y a los tres meses ya le dijeron que era inoperable. Un año duró así”.

“Fue muy duro. Yo me encerraba en el baño porque teníamos que poner cara de risa todo el día por mi nieto. Mi marido era lo primero para él y teníamos que volcarnos en el pequeño”, cuenta Pili, que asegura que “no hay día que no tenga su minuto de llorar”: “Eso no lo perdono”.

Su tabla de salvación

Parte de su salvación fue la AECC. “Me cambió la vida”, asegura Pili Bello. Allí fue a la psicóloga Katy Gutiérrez, a quien quiere “más que a su propia familia”, y quien que le recomendó acudir a los talleres que se convirtieron en su verdadera terapia: “Ahí saqué todo”.

"Cuando me dan las gracias en el hospital, no me siento bien. Las gracias se las tengo que dar yo a ellos"Pili Bello

Al irse su marido, ella sintió que tenía que volver a Oza y en la asociación movieron hilos para que pudiese acudir allí de voluntaria, pues entonces no había plazas. Pili pasó de “odiar los hospitales” y no poder ver a mujeres con pañuelos en la cabeza, a encontrar parte de su cura allí, acompañando a personas que han pasado por lo mismo que ella: “Cuando me dan las gracias, no me siento bien. Las gracias se las tengo que dar yo a ellos”. 

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