Moncho, sacristán de San Nicolás: “La Iglesia también debería tener una tasa turística”
Se jubila después de veinte años de un trabajo para el que no vale todo el mundo, porque hay que “ver, oír y callar”

José Ramón Porto (A Coruña, 1944), al que todos conocen como Moncho, está íntimamente ligado a la iglesia de San Nicolás. Tanto, que es difícil entrar en el templo y no encontrarle allí. Al menos, de momento, porque a finales de mes se jubilará después de veinte años en este destino. Su jornada empieza a las ocho de la mañana, para ir preparando la misa de las ocho y media: “Enciendo las luces y dejo todo preparado”, explica.
Estudió en la Grande Obra de Atocha, igual que su mujer e igual que después haría su hija, que ahora es profesora en el colegio. Siempre muy vinculado a la Iglesia, estuvo, en dos etapas diferentes, en San Jorge. En 2005, llegó a San Nicolás, en donde trabajó, primero con José Morente y, tras su fallecimiento, con el párroco que lo sustituyó, José Luis Veira. Su cometido consiste en “hacer de todo”. “Desde poner una bombilla a colocar flores”, explica y pone como ejemplo el altar que han preparado para la Virgen del Pilar el pasado 12 de octubre.
Y, por si fuera poco, tiene que estar “pendiente y vigilante” porque siempre hay amigos de lo ajeno rondando: “Nosotros nos vamos librando, solo hubo un robo el segundo año que estuve yo aquí, pero pasa mucha gente y hay que estar alerta”. Sobre todo, cuando llega un trasatlántico, lo que se traduce en turistas y visitas extra. “Dicen mucho de la tasa turística pero la Iglesia también tenía que tener una –propone– porque vienen, cambian las cosas de sitio y a veces hacen pequeños destrozos”.
Por supuesto, como corresponde a un sacristán, también ayuda en misa pero la parte que prefiere es la que tiene que ver con el trato con las personas: “Siempre he estado rodeado de gente que me enseñó muchísimo”, explica.
Misa gallega
Recuerda con nostalgia “los tiempos del Concilio Vaticano II, cuando estaba Quiroga Palacios, y había unas ceremonias muy bonitas” y también la misa gallega que se hacía en la iglesia de las Capuchinas a finales de los ochenta, de la que salieron algunos matrimonios, el suyo incluido. Además, ahí podía disfrutar a tope de su gran pasión, la música. “Canto en todo lo que puedo”, confiesa Moncho.
Sobre la crisis de vocaciones de sacerdotes, asegura que también pasa con el resto de personas que ayudan habitualmente en una parroquia: “Desgraciadamente, no hay gente –confirma–; la satisfacción que tenemos son las vocaciones de fuera, que vienen ahora a ayudarnos y se han convertido en un alivio grande para la Iglesia”.
Él se va “muy satisfecho” con su labor: “No vale todo el mundo porque aquí es importante ver, oír y callar”.
Una misa y comida en el Casino
El cariño que le tiene a Moncho la gente de la parroquia se plasmará en una misa de homenaje y una comida que se celebrará el próximo 31 de octubre en el Sporting Club Casino. “Estoy muy comprometido con la Iglesia en este momento; considero que es mi casa y es como una familia y la verdad es que me lo están demostrando”, confiesa el sacristán de San Nicolás. Moncho asegura que se siente abrumado por tantas muestras de afecto: “De gente que viene a comer y de otra tanta gente mayor que no puede venir pero que ha puesto para el regalo o que me ha traído un detalle aparte”. Él no quería tanta parafernalia pero finalmente le han convencido de que es “una institución” en la parroquia y de que no podía irse de vacío.












