El tatuaje más patatero de A Coruña
Nico Doval se ha tatuado en su pierna derecha la icónica bolsa de Bonilla a la Vista en honor a un tío abuelo

Cuando se dice que una marca está grabada a fuego en la sociedad se trata de una metáfora o una hipérbole. Sin embargo, a los coruñeses les gusta especialmente presumir de sus símbolos y han hecho de su piel una proyección de su propio corazón. Por ejemplo, existen pocas imágenes más identificativas que la Torre de Hércules, y quizás por eso es también, junto al escudo del Dépor, es uno de los trabajos más rutinarios y repetidos por parte de los profesionales del tatuaje. Pero el crecimiento de A Coruña en muchos sentidos ha provocado que los motores de su economía, sobre todo cuando transmiten cierto tipo de sentimientos vinculados a la nostalgia, también sean motivo de orgullo a expresar de muchas maneras diferentes.
Del mismo modo que muchos dublineses se tatúan una pinta de Guinness, un coruñés se ha marcado la pierna en tinta con la bolsa de patatas de Bonilla a la Vista. El protagonista en este caso se llama Nico Doval y lo ha hecho posible la profesional Inés Calvo, una de las trabajadoras del estudio Loco Blow. La historia tiene que ver con un homenaje a un ser querido, pero también a la ciudad de la que Doval presume. “Tenía un tío abuelo que se llamaba Roberto que siempre me traía de pequeño una bolsa de patatas Bonilla”, dice. “La idea nació un poco por eso y porque es un emblema de la ciudad”, añade. Por su parte, la encargada del trabajo artístico añade: “Además, es más bonito y original que una Torre de Hércules”. Para hacer posible el vínculo permanente entre la bolsa de Bonilla y la pierna de Nico fueron necesarias más de dos horas y media de un trabajo que aún necesita de los protocolarios cuidados posteriores. El coste, 150 euros, es el habitual para una opción de pequeño tamaño. Ahora tendrá ocasión de lucirlo durante las noches en su local de hostelería La Luisa, uno de los más demandados del Orzán.
El de la bolsa en cuestión es el décimo tatuaje que se hace el empresario, de 34 años, y que no pasó por la aguja hasta los 31. Ahora, tal y como dice su profesional de confianza, ha caído en un proceso curioso: “Vas andando por la calle y quieres hacerte hasta la baldosa que acabas de pisar”.
Un local de referencia
Con solamente una década de trayectoria, Loco Blow se ha convertido en una de las paradas favoritas de los coruñeses aficionados a los tatuajes. El trabajo para Inés, una betanceira orgullosa de sus orígenes, se multiplica cada semana. De hecho, a cuantos se cruza por la calle y descubre que no están ‘marcados’ los anima a pasar por sus manos con la promesa de que luego no podrán parar.

Curiosamente, Nico Doval no se considera un gran consumidor de patatas fritas, por mucho que estén vinculadas a una etapa de su vida. Sin embargo, después de haber atraído la atención de la marca con su tatuaje, tiene una última petición: una ‘suscripción’ anual a Bonilla.
















