• Sábado, 25 de Noviembre de 2017

UN VENDEDOR AMBULANTE GANA MASTER CHEF

Han pasado varios días y todavía sigo alucinando. He visto el final de la tercera edición de Master Chef y no acabo de creerme lo que he visto sobre una cocina muy del estilo futurista, en la que los dos finalistas, Carlos, 26 años, un humilde vendedor ambulante de Toledo y Sally, 31 primaveras, auxiliar de óptica, nacida en Argentina, criada en Colombia y que acabó en nuestro país que la acogió como a una compatriota más, parecía que estaban en un laboratorio de un mundo mágico. Me han fascinado tanto el uno como el otro.
Y ya no digamos sus platos finales, un entrante, uno principal y el postre, la auténtica guinda de esta prueba  y que probablemente, el jurado se haya decantado por el triunfo del “chulito” Carlos, como él mismo se definía, con su ya famoso bocadillo de calamares con pan de tinta, la finura de su merluza con ajo negro y huevas rematando la faena con unas alucinantes torrijas con pan brioche y frutos rojos. Tanto Samantha Vallejo Nágera, Jordi Cruz como Pepe Rodríguez y los fenómenos “michelines” Ferran Adrià, Joan Roca y Andoni Luis Aduriz han babeado con las exquisiteces del marchoso campeón. Carlos me pareció más atrevido, más decidido y con las ideas más claras. Todo un espectáculo en sus elaboraciones. Me ha flipado ver cómo se manejaba en la cocina. Una experiencia fastuosa que pone sobre el tapete la siempre incógnita de si los hombres son mejores cocineros que las mujeres.
En el caso de Sally, una “enamorada” del carácter y humor de Pepe Rodríguez, tiene que sentirse orgullosa. Se le ha visto algo nerviosa en su primer asalto pero es innegable que tiene un don especial para ponerle sabor a la vida. Sally no arriesgó mucho en sus propuestas. Comenzó con atún. En el plato principal llevó a la mesa un rabo de toro que no encandiló a los “profesores”. Y cerraba su faena llevándonos a una imaginaria Italia con una interpretación del bombón de cereza Mon Chéri espectacular y mágico. Causó sensación pero no fue suficiente para ganar el certamen que estuvo marcado por las insólitas, en ocasiones, valoraciones de un jurado más duro y crítico al que nos tiene acostumbrados. Hay que recordar la sonora expulsión de Alberto por su “león come gamba”, y la última nota discordante que tuvo como protagonista a la gallega Lidia Folgar quien, muy irritada, consideró que el trato recibido por Samantha, Pepe y Jordi, “rozaba la humillación”. Habría que mandarlos al rincón de pensar. A veces no viene mal.