Toca derbi y villancicos

Es tiempo de villancicos. Es tiempo de Navidad. Tiempo de fiestas. De comilonas. De rascarse el bolsillo. De loterías… Son fiestas repletas de tradiciones e ilusiones. Es un tiempo en el que tener espíritu navideño nos debe hacer mejores. Es como si todo a nuestro alrededor fuera más hermoso. Una etapa donde toca reflexionar. Donde se va un año que nos deja experiencias, también decepciones, sueños y grandes cambios institucionales. Los cambios siempre son positivos y necesarios porque nadie debe perpetuarse en la poltrona por entender que acaban siendo producto de desengaños y feos desencantos.
Diciembre siempre nos cambia el humor. Para bien y para mal porque sigo teniendo la misma percepción sobre los políticos y de otros que tienen diferentes tipos de responsabilidad que no regatean esfuerzo alguno para seguir aferrados al poder. Estoy convencido de que cada vez nos toman más el pelo. Que nos consideran idiotas. Su irresponsabilidad sigue siendo bochornosa. Como la de los catalanes, que escucharlos hablar y decir que les estamos robando, se me revuelve el estómago. No me extraña que mi colega Manuel Guisande haya decidido exiliarse intelectualmente de España exhausto de tanta corrupción y fraude. Seguimos sin nada y desencantados. Seguimos pensando que a los políticos solo les preocupa salvar su culo, su ego, su escaño y sus vergüenzas.
También seguimos atormentados por el alto índice de violencia de género. Por todo ello, estoy cansado. Y a pesar de la alegría de estas fechas, veo mucha soledad. Las penas y angustias de cada uno no son las de otros. Ya no. Las miradas de los desesperados que esperan horas para poder dormir bajo un techo. Tan cerca y tan débiles. Porque el hartazgo, la desazón y la indignación alcanzan cotas históricas. Y para rematar, concluyo con el Dépor. Tenemos por delante un sábado dramático. Dejémonos de coñas marineras. Mañana nos visita el Celta. Solo vale ganar. Y también vale hacerlo en el último minuto y de penalti injusto. No hay disculpas. Y si no es así, siempre nos quedará París.