• Martes, 21 de Noviembre de 2017

Que te vaya bonito

La marcha de Pepe Mel del banquillo del Deportivo era un cese anunciado

La marcha de Pepe Mel del banquillo del Deportivo era un cese anunciado desde hacía ya varias jornadas. Y el propio técnico era consciente de ello. Si algo podía salir mal, probablemente saldría mal. Es la Ley de Murphy. Y después del bochorno en Riazor ante el Girona, se acababa el crédito de la película que el entrenador madrileño se montó desde su llegada al Dépor en la jornada 25 de la pasada campaña. En su guión quedan muchas quejas, muchos sinsabores, alegrías que apenas se cuentan con los dedos de una mano en una lucha contra el desencanto de la grada que desde el banquillo nunca supo escuchar.
Curiosamente, el pasado martes por la mañana, un colega me pregunta con voz desafiante “¿Cuándo vais a echar a Mel?”. Al rondo se unen más “compis” en una jornada maratoniana que como canta Sabina, “nos dieron las diez y las once. Las doce y la una, y las dos y las tres”. El desenlace era cuestión de horas. Y así fue. Yo le diría a Pepe Mel que a veces para encontrarse hay que perderse. Y él nunca ha sabido encontrar ese camino. Se acabaron los pasteleos. Uno no se puede quedar mirando a la gente que protesta. Hay que preguntar por qué. Siempre habrá un roto para un descosido y siempre hay quien intenta convencernos de que se debe cambiar el sistema existente dejando a un lado al entrenador y centrarnos en la plantilla.
Ellos también tienen su parte de culpa en este pastel, que nos lo hemos comido entre todos, porque son quienes ganan y pierden los partidos. El nuevo técnico Cristóbal Parralo y colaboradores deben trabajar para progresar en el cambio. Hay que afrontar el desafío de forma razonable y saber conectar con el aficionado a base de trabajo, esfuerzo y resultados positivos. Es lo único que vale aunque nunca un cambio de entrenador es definitivo ya que en el fútbol no resulta fácil adaptar un estilo de juego a una plantilla que siempre tiene vicios adquiridos, todo ello basándose en la idea de satisfacer a una afición harta ya de un fútbol confuso y sin ideas.