• Sábado, 25 de Noviembre de 2017

A Milucho Mariñas

Acaba de cumplirse un año de la muerte de uno de los percebeiros que mejor conocía nuestras costas. Milucho Mariñas era un rostro habitual de Monte Alto y con una gran pasión: una vida vinculada al mar que duró cerca de 60 años y que le llevó a vivir momentos de enorme felicidad y otros donde el peligro de las rocosas costas gallegas le daban la espalda. Reconozco que mi testimonio llega un poco tarde, pero siento la necesidad de hacerlo. Y aquí estoy para recordar que tu generosidad y paciencia merecen todo mi reconocimiento, sobre todo en un oficio que, como el tuyo, siempre te has jugado la vida. Como aquel día en La Robaleira, cerca de punta Herminia. Fue milagroso que salieses vivo de aquellas rocas. 
También tenías tus manías. Como cualquier mortal. No ibas a ser una excepción. Te pasabas tardes enteras paseando por las zonas en donde ibas de pesca, a la caza de los buenos percebes para después venderlos. A veces, tu hijo Milucho, era tu sombra. Y allá te ibas con él a la Torre, al Buey, punta Herminia, O Illote, Mera, La Marola, El Portiño… Capturar este preciado manjar exigía sacrificio y un enorme control de los lugares donde estaban los ejemplares que siempre satisfacían tu esfuerzo. Y siempre valía la pena. Y además, amigos como Lorito, Manolo Salinas y Jesús estaban a tu lado, en constante alerta por si el peligro llegaba de forma cruel e inesperado. 
Tu sueño siempre fue arrebatar al mar los mejores percebes, aunque me dicen que tu debilidad eran los camarones. Tenías muy buen gusto. Y sabías que cada día había que arriesgar más, a veces en exceso, intentando salvar aquella ola maldita, igual que hoy lo siguen haciendo otros muchos. Para ti aquello era como el fútbol. Siempre jugabas a ganar. Buscabas los mejores para después venderlos. Era el triunfo que tanto ansiabas y tu satisfacción personal. 
Pero no todo era pelearte con el mar para sobrevivir, también tenías tiempo para los amigos y las tertulias en las que siempre, jarrillo en mano, participabas. Odilo, Mandatruco y Fiuza son fieles testigos de tu ocio. Después están tus hijos, María Elena, Lichi y Milucho, quienes siguen arropando a tu querida Cuca, la matriarca de la familia, a quien llenan de cariño y atenciones para que tu ausencia, la del rey de la casa, se haga más llevadera. Aún hoy en día te recuerdo por la Torre, camino de tu casa, o quizá de Fiuza, con tu saludo que ya era un clásico: “Adiós, neno”. Siempre fue un placer, amigo.