• Viernes, 24 de Noviembre de 2017

El poder del perdón

Tiene que ser, en efecto, difícil aceptar el cambio de quienes han apelado a la violencia cruel para promover sus fines

Tiene que ser, en efecto, difícil aceptar el cambio de quienes han apelado a la violencia cruel para promover sus fines, para proteger negocios ilícitos y enriquecerse o para, engañosamente, creer estar defendiendo la vida de sus hermanos. Confiar en que  puedan  dar un paso adelante quienes han infligido sufrimiento a un país entero durante tantos años constituye, ciertamente, todo un reto.
Así debe de ser. Se lo señalaba días atrás el papa Francisco a los miles de asistentes al gran encuentro de oración por la reconciliación nacional celebrado en Villavicencio, la capital del departamento colombiano donde se dio en más alto índice de violencia y que constituyó, como era de esperar, el acto central del viaje apostólico del Santo Padre a aquel país sudamericano. 
Un encuentro de víctimas y victimarios; de dañados por culpa ajena  y, según el diccionario de la Real Academia, de homicidas, causantes de muerte,  que tuvo lugar a los pies del mutilado Cristo negro crucificado de Bojayá; la imagen que el 2 de mayo de 2002 “presenció” la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Los dirigentes guerrilleros, hoy legalizados como partido, se limitaron a enviar una carta.
No era fácil este viaje del papa Francisco, el cuarto fuera de Italia en lo que va de año. Visitaba Colombia en un momento particularmente importante de su historia: un país polarizado y dividido tras el acuerdo –va a hacer un año- del Gobierno del presidente Santos con los guerrilleros de las FARC que habían dejado en el país, amén de otros desastres,  más de 200.000 muertos. 
Un acuerdo que ante buena parte de la opinión pública sonó más a capitulación que a pacto justo y dejó la impresión de que se había pasado página con enorme manga ancha a pesar de lo que suponía: blanqueo de la narcoguerrilla, blindaje judicial para a los pistoleros y posibilidad de convertirse en respetables próceres del Estado con la asignación,  gratuita,  de escaños en las cámaras legislativas.  
A juicio de muchos, había quedado borrada la línea entre víctimas y victimarios. No en vano el electorado dijo “no” en el plebiscito convocado para su ratificación. Y no en vano el presidente Santos obtiene, según una reciente encuesta, el 72 por ciento de rechazo popular.
Pues bien, a este pueblo con tantas y tan recientes heridas pendientes de cicatrizar el Santo Padre le predica la cultura del encuentro. Le pide que perdone y le alienta a dar para ello el primer paso, tal como rezaba el lema de la visita: “Colombia, déjate reconciliar. Es mucho tiempo pasado en el odio y la venganza. Andar el camino lleva su tiempo. Pero cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar heridas y construir puentes”. El papa Francisco en estado puro.