11:58 h. Sábado, 01 de noviembre de 2014

 

ABRIENDO CAMINOS

Tómas Fernández |
Redacción | Actualizado 22 Enero 2012 - 02:38 h.
Vota esta noticia:
Más acciones:

Siguiendo una costumbre muy arraigada en nuestra cultura política, a la hora de la retirada las lanzas suelen tornarse en cañas. Tal vez por aquello de no hacer leña del árbol caído. Y si la desaparición de la vida pública viene producida por la muerte biológica, los severos juicios de antaño tienden a  quedar en muy segundo plano.
Es lo que ha sucedido con Manuel Fraga, fallecido hace una semana en Madrid y que ya descansa en el recoleto cementerio de Perbes. El político que a lo largo de  sesenta años de  vida pública más invectivas y mociones de censura sufrió por parte de la izquierda, del nacionalismo y de sus bien nutridas tribunas mediáticas ha sido despedido ahora con  general respeto y con el reconocimiento  más de sus luces que  de sus sombras.
A estas alturas de la semana de Manuel Fraga se ha dicho y recordado prácticamente todo: su dedicación al Estado, su amor a España, su compromiso muy especial por Galicia, su papel histórico a la hora de integrar al conjunto de la derecha en el naciente régimen democrático. Fue, como se ha dicho, hombre importante del franquismo, pero también hombre fundamental de la Transición.
No voy a ahondar más ahí. Pero sí me gustaría resaltar una iniciativa del Manuel Fraga ministro de Información y Turismo que tal vez por la juventud que hoy domina en los medios de comunicación apenas  ha sido evocada estos días. Me refiero a la ley de Prensa e Imprenta, que conllevó un cambio radical en el quehacer periodístico.  
Conviene recordar que estamos hablando de 1966; de pleno franquismo, y que, por tanto,  aquella nueva norma no instauraba una plena libertad de información. Eran muchos los controles que se seguían manteniendo, muy estrecho el marco  en que se movían redactores y editorialistas, y fuertes las sanciones y multas que hasta tres jurisdicciones distintas podían poner al tiempo en marcha.   
Pero el hecho de la supresión de la censura previa vigente desde la guerra civil y el paso al llamado depósito previo en virtud del cual la Administración se reservaba treinta minutos para repasar la publicación de turno y poder actuar antes de que ésta saliera a los kioscos, trasladó la responsabilidad inicial a  redacciones y Consejos editoriales y supuso, en consecuencia, un cambio radical empresarial y profesional. Con  sus no pocas sombras aquella ley fue, así,  una herramienta valiosa y pionera para ir rompiendo techos; para ir ganando terrenos de libertad.
Un primer paso significativo en esa dirección, que encontró las inevitables resistencias dentro del propio franquismo, pero que habla bien a las claras de la apertura  gradual y posibilista que ya entonces Manuel Fraga intentó llevar a cabo desde el Ministerio en este y en otros ámbitos bajo su responsabilidad.