Las concertinas de la vergüenza

La llegada a Europa de miles de refugiados sirios ha dejado a los países de la UE en pelotas. Tal y como su madre les trajo al mundo. Lo que supone un drama sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. De consecuencias imprevisibles para el futuro de un continente que pensábamos que estaba preparado para hacer frente a cualquier problema que se pudiera presentar. Más si éste afectaba a ciudadanos que llegaban huyendo de la peor de las guerras, la más cruel de la era moderna, de la que están siendo víctimas personas indefensas. Cuyo único pecado es encontrarse en medio de dos bandos a cada cuál más sanguinario.
Duele ver las imágenes día nos ofrecen las cadenas de televisión. Duele la insensibilidad de los representantes de los gobiernos europeos, la incapacidad de los ministros de Interior para ponerse de acuerdo en el reparto de los refugiados, pero duele más aún la represión que estos sufren en países como Hungría, que por negarles les niega no solo el paso por su territorio, también agua y comida. Incumpliendo así la legislación internacional. Viendo las imágenes de esos hombres y mujeres reptando por el suelo como si fueran animales, en un intento desesperado por burlar los desgarros que pueden dejar en su cuerpo las concertinas, no puedo por menos que recordar las dramáticas escenas que tienen lugar cada día en nuestro país, en la frontera de España con Marruecos. Y qué quieren que les diga, me aterra pensar que no haya otra manera de solucionar un problema tan grave como este.
Levantar muros, cerrar fronteras, dictar leyes a la desesperada, no servirá más que para agudizar el dolor, la angustia, la desesperación de quienes están dispuestos a morir en su intento por llegar a nuestros países. El problema es peliagudo y la solución no es fácil, pero los gobernantes no pueden ampararse en el silencio, en la intransigencia, en mirar hacía otra parte porque cada hora que pasa la situación se enrarece y agrava más y llegará un momento en que el choque entre los que intentan pasar y los que les detienen será inevitable. Y entonces comenzaran los lamentos, los rezos, las palabras de condolencia y el arrepentimiento. Pero el mal ya estará hecho. De ahí que urja que se tomen medidas eficaces, que se habiliten espacios donde a los recién llegados se les facilite la información y los medios necesarios para su supervivencia, evitando que las mafias se aprovechen de su desesperación y de su impotencia.