• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Nos quejamos, con razón, de eso que se ha dado en llamar politización de la Justicia

Nos quejamos, con razón, de eso que se ha dado en llamar politización de la Justicia, pero también nos quejamos, y seguramente con razón también, cuando esta no se ajusta a conveniencia con los intereses, las necesidades o los tiempos de la política. Es más; ahora mismo y por los mismos hechos, unos se quejan de lo primero y otros de lo segundo, e incluso algunos de lo primero y de lo segundo a la vez, y todo porque una juez, Carmen Lamela, una gota en el tempestuoso océano de la situación que vivimos, ha dictado prisión preventiva para los miembros del destituido gobierno catalán, sobre los que tiene sospechas fundadas, y no sólo ella por cierto, de la comisión de gravísimos delitos.
Es verdad que, recién aplicado el 155 sin mayores sobresaltos iniciales y convocadas elecciones para fecha próxima, parecía algo amainado el temporal que nos llevaba sacudiendo y desarbolando desde hace meses, y que sólo el encarcelamiento provisional de los Jordis y su contestación independentista impedía que la situación terminara de sosegarse. Y también es cierto que la decisión de la juez Lamela, suscitada en buena parte por la Fiscalía, de entrullar a los consejeros que acudieron a su citación, ha revuelto y desquiciado nuevamente todo y ha suministrado munición a un expresident y a una causa a los que se le iban vaciando los arsenales. Pero también es verdad que a la vista de las pruebas que incriminan penalmente a los imputados, y que sólo la juez conoce en toda su complejidad y dimensión, es probable que en justicia, con el Código en la mano, no haya podido hacer otra cosa.
Políticamente, la decisión de Lamela no es que haya sido inoportuna, sino letal, pero ¿en qué quedamos? ¿En que la Justicia ha de ser independiente y ciega a las conveniencias políticas, o en que debe sincronizarse con ellas? ¿Es la juez Lamela una heroína o una villana? Uno no la conoce, ni mucho menos sus pensamientos, sus filias y sus fobias, pero uno se atrevería a suponer que, con el trascendente papel que le ha tocado interpretar, no es sino una criatura a la que le pasa lo mismo que a casi todos los demás, que está sumida sin comerlo ni beberlo en el torbellino desatado por una panda de aventureros irresponsables y por la inacción, o por la acción tardía y desatentada, de un gobierno ineficaz.