• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

El infierno

En tanto los animales silvestres de las tupidas fragas huían despavoridos hacia ninguna parte, puesto que todo era fuego, los vecinos de las parroquias amenazadas liberaban a los domésticos de sus cuadras

En tanto los animales silvestres de las tupidas fragas huían despavoridos hacia ninguna parte, puesto que todo era fuego, los vecinos de las parroquias amenazadas liberaban a los domésticos de sus cuadras. Todo era fuego.

Durante la tarde del pasado domingo, enormes columnas de humo denso se elevaban desde allá donde se mirase, pero al caer la noche, la noche tórrida y seca de un otoño demente, una descomunal bóveda roja, ardiente, suplantó a las estrellas del cielo de Galicia, y al propio cielo.

Los vientos huracanados y cambiantes, las altas temperaturas y la extrema sequedad de la atmósfera y del terreno pusieron a los pirómanos la miel en los labios y el chisquero entre los dedos.

Fueran estos, los incendiarios, o las llamas que habían saltado el Miño procedentes del abrasado Portugal, o más bien la combinación fatal de todo ello, lo único cierto en la noche del caos era que el infierno se había desplomado sobre la franja atlántica de la península Ibérica. Eso era lo único cierto, y el resto, confusión.

Las copas de los pinos estallaban al menor roce de una pavesa candente, los aviones vacilaban el rumbo entre la humareda, los monjes del monasterio de Oseira eran evacuados a la luz de los resplandores, las lenguas de fuego amenazaban hospitales, gasolineras, colegios, aldeas, y la ciudad de Vigo veía arder su castro, sus arrabales y los montes circundantes.

Saliera la población a la calle en busca de arrimo o de cuadrilla a la que ayudar con cubos y baldes, o se quedara en casa cual recomendaban las autoridades, las gargantas y los bronquios no podían trasegar tanto humo. Todo era fuego. Y humo.

En España todo el mundo se olvidó de Carles Puigdemont y de la sandez que su desatentado caletre urdía para propinársela a sus semejantes el lunes por la mañana.

Este infierno de Galicia, de Portugal, de Asturias, era un infierno de verdad, un infierno devastador, homicida, terrorífico, real, nada que ver con el infierno artificial y pueril desatado por unos burgueses cursis, retorcidos y, al parecer, ociosos. El infierno visitó Galicia durante la noche del domingo, y se ha quedado, ha dejado su presencia en las vidas segadas y en los bosques muertos.