• Domingo, 18 de Febrero de 2018

El frío y las brechas

Hay una brecha salarial entre hombres y mujeres, pero en todo hay una brecha, un tajo profundo, sangrante.

Hay una brecha salarial entre hombres y mujeres, pero en todo hay una brecha, un tajo profundo, sangrante, que éstos días se sustancia y se ejemplifica entre los que se mueren de frío y los que andan por casa en camiseta.
La brecha que hay en todo es cada día más honda, y cada unas de ellas, la social, la educativa, la energética, la sanitaria, la salarial, se infecta y supura sin que la clase política, y no digamos la clase política en el poder, la atienda. Sabemos de la discriminación de la mujer en sus empleos y en sus nóminas, aunque no es la misma en la ricas, que no padecen ninguna, que en las pobres, que las sufren todas, y hace unos días, al socaire del día mundial contra el cáncer, supimos de lo doblemente terrible que es padecerlo siendo, además, pobre. También en el cáncer, como en las enfermedades duras en general, hay una brecha insoportable, la que se traza inhumana, siniestra, entre ricos y pobres.
A los enfermos pobres, los que reciben una baja o una ayuda social que no alcanzan a superar los umbrales de la limosna, no les llega ni para adquirir en la farmacia los remedios que no cubre, o sólo cubre en parte, nuestra sobrevalorada y decadente Sanidad Pública. En éstos días de hielo, de olas árticas que se suceden como las olas del mar, ni se pueden pagar una calefacción potente, ni unas comidas sanas, abundantes y reparadoras, ni, desde luego, pensar en cambiar esas malditas ventanas de aluminio viejo por otras que no maten de frío con sólo verlas.
En la mamarrachada de los Goya del otro día habló la profesión de una de sus brechas, la que discrimina por sexo, pero es la pobreza, es decir, la injusticia, la que discrimina, séase hombre o mujer. Ahora mismo en Cataluña, por ejemplo, hay centenares de miles de criaturas ateridas, literalmente ateridas de enfermedad, de pobreza y de frío, mientras el que se reputa de dueño “legítim” del cortijo, vagabundo de lujo, le ha echado el ojo a una mansión con buenas ventanas, sin rendijas, donde sacrificarse por su pueblo en camiseta.
Hay muchas brechas, pero todas son la misma.