• Martes, 24 de Octubre de 2017

Echenique y su asistente

Es bastante común que cuando se le piden

Es bastante común que cuando se le piden explicaciones a alguien por haber sido pillado en un chanchullo o en un ilícito, éste procure irse por la tangente o por los cerros de Úbeda. Los de Podemos, sin embargo, procuran eludir el asunto proponiendo un debate. Pablo Echenique, el tres del partido, si es que no el dos, ha ofrecido una clase magistral al respecto, para que nadie pueda decirle que no predica con el ejemplo: al trascender que no pagaba la Seguridad Social de su asistente, cual obliga la ley a todo empleador doméstico, el jefe de organización de Podemos ha dicho, muy serio, que eso tiene un debate, pero no “eso” exactamente, sino el tema de la economía sumergida tras el cual, al parecer, prefiere alebrarse.
Pero, ¿qué debate ni qué niño muerto? ¿Qué debate puede tener que un diputado, cual era Echenique cuando infringió la ley y el decoro social, no sólo no abonara la seguridad social de su empleado (al que, además, tenía sin contrato y pagaba en negro), sino que pretendía que fuera éste el que lo hiciera como autónomo cuando su remuneración, 300 euros al mes, apenas alcanzaba para cubrir dicha cuota? ¿Qué debate?
Según parece, el asistente trabajaba para Echenique una hora al día, 30 o 31 al mes, a las que hay que sumar las de los desplazamientos y los gastos correspondientes.
¿Cuántos otros trabajos, de encontrarlos, tenía que hacer para reunir un salario de mera subsistencia?
Claro que eso, la pobreza y la explotación laboral, tiene no un debate, sino muchos, pero al patrón, Echenique, no se le pedía que debatiera con su empleado sobre su pobreza, sino que le diera de alta en la Seguridad Social, y punto.
La amoralidad política no es exclusiva, ni mucho menos, de Podemos, pero al auto-proclamarse éste como radical debelador de ella, bien que de boquilla como vamos viendo, diríase que incurre, cuando incurre, en una amoralidad mayor, o, cuando menos, más fea y más sangrante.
Pero el cinismo de Echenique llega a su paroxismo cuando, dejando momentáneamente a un lado lo del debate sobre la economía sumergida, asegura que lo que él quería era ayudar a su empleado. Hay amores, y ayudas, que matan.