12:50 h. Domingo, 23 de noviembre de 2014

 

El gran engaño

Manuel Ferreiro |
Redacción | Actualizado 07 Julio 2013 - 02:06 h.
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Al pobre Castellano se le ha puesto una cara gris y triste. No es que destacara por ser la alegía de la huerta, pero seguro que a estas alturas se habrá arrepentido mil veces del maldito día en el que dijo que sí a la oferta de convertise en banquero en su tierra, que es algo así como ser presidente del Gobierno, pero con más poder. El problema es que nadie le avisó de que el banco que ponían en sus manos era, en realidad, un erial arrasado, una fortaleza en la que, tras el saqueo de las hordas bárbaras, solo quedaban las paredes y los problemas.
Así, ni las primeras inyecciones “patrióticas”, que él mismo apoyó con un millón de euros y en la que fue secundado por un grupo de empresarios gallegos (la verdad es que bastante menos de lo que en un principio se contaban), sirvieron para poco más que tapar medio agujero. Y como esos fondos extrajeros que traía Castellano bajo el brazo no terminaban de convencer al Gobierno, el Banco de España decidió romper la baraja y empezar de nuevo la partida, pero cambiando las reglas.
Así, el dinero se diluyó y el enfermo, que comenzaba a recuperar el aliento lentamente, volvió a un coma profundo que, además, parecía irreversible. Por el medio surgió el descrédito de las preferentes que él no vendió y que incluso estaría dispuesto a devolver, pero, de nuevo, órdenes de arriba le impiden solucionar con unos cuantos millones (no olvidemos que cuando se habla de un banco el concepto de millón merma mucho) un problema que no le produce más que preocupaciones y descrédito.
Y, pese a todo, la vieja caja comienza a dar beneficios. Como un viejo camión diéesel inicia la subida lenta, pero sin titubear. Por eso, de nuevo el Banco de España decide pincharle las ruedas y anunciar la venta de la entidad el próximo otoño. Y es que el regulador tiene esas cosas. Justo cuando parece que la cosa mejora, ahí está él para asestar un nuevo mazazo en la rodilla que aniquile cualquier posible esperanza.
Por eso Castellano tiene una cara gris y triste. Porque seguro que lo engañaron como a un chino cuando le confiaron la responsabilidad de reflotar lo que otros hundieron y se llevaron troceado en forma de millonarias jubilaciones. Le engañaron a él igual que a los preferentistas, igual que a quienes creyeron que había futuro para una caja gallega.