• Sábado, 25 de Noviembre de 2017

¡Pobres sindicatos!

Si no existieran los sindicatos habría que inventarlos, pero hay que reconocer que los liderazgos sindicales son como para desilusionar al más entusiasta partidario de la lucha de clases.

Si no existieran los sindicatos habría que inventarlos, pero hay que reconocer que los liderazgos sindicales son como para desilusionar al más entusiasta partidario de la lucha de clases. Cuando crees que a UGT o a CCOO ha llegado el secretario general más inane de su historia, de pronto, viene el sucesor y consigue que añoremos al inútil al que ha sustituido.

La penúltima tontería contemporánea que están a punto de cometer las dos centrales sindicales mayoritarias es convocar una huelga general a favor del independentismo en Cataluña. ¿Qué les interesa a los trabajadores de Cataluña? Indudablemente la independencia: un aumento del paro espectacular, una bajada del Producto Interior Bruto espeluznante y un panorama de pensiones que dependería del Gobierno de España. Los sindicatos, con esa falta de inteligencia que demuestran año tras año, se colocan a favor de los trabajadores, y a favor de un sunami económico, que a la patronal no le irá bien, a las medianas empresas, fatal, y a los trabajadores les dejarían en el desamparo más terrible.

Contemplas con estupor que los sindicatos vayan del brazo con el secesionismo, y llegas a la conclusión de que todo ha cambiado en este mundo, todo, incluso las monarquías, pero siguen impertérritos los sindicatos tradicionales y el repertorio de la tuna. La huelga general para ayudar al separatismo viene a ser como cantarle “Clavelitos” a una pareja joven, que está cometiendo un doble adulterio. ¡Da lo mismo! El declive de la afiliación, la preocupante falta de poder de convocatoria, la ausencia de liderazgos humanos, resulta que tiene una solución: ir del brazo de esa mezcla de anarquismo y burguesía, patronal y antisistemas, que es ahora mismo el nacionalismo catalán. Millonarios e iluminados totalitarios a los que los sindicatos les pretenden aportar las últimas briznas de prestigio que les quedan.

Me acuerdo de Nicolás Redondo, de Marcelino Camacho, de Fidalgo, de tantas personas que se dejaron la piel por mejorar las condiciones de los trabajadores, y solo me sale una sucinta y pesimista frase: “¡Pobres sindicatos!”