• Domingo, 22 de Octubre de 2017

La perversa incoherencia

Una vez estuve hablando con una mujer, cuyo marido

Una vez estuve hablando con una mujer, cuyo marido había muerto en un atentado de ETA. Habían pasado varios años y ella hablaba con serenidad, e incluso atisbé algún comentario irónico sobre el exceso de autocompasión. Parecía recuperada tras la tragedia. Ella creía que en alguna foto estaba yo junto a su marido, y sacó una caja de cartón. De pronto, apareció una cartulina de ella y su marido, con otros amigos, el día de su boda. Y se rompió. La pena contenida con disimulo, abatió las barreras, como las aguas del embalse rompen los muros que la contienen.
Estamos rodeados de huérfanos y viudas que viven con su desconsuelo a cuestas. Y hay una teoría que en principio suena neutra: miremos al futuro. Dejémonos de atormentarnos y construyamos una sociedad mejor para nuestros hijos. Pero luego resulta que estos mismos tan entusiastas en mirar hacia adelante y envolver en cenizas de olvido a las víctimas y sus muertos están también entusiasmados en remover las tumbas de algunas víctimas de la guerra civil. Digo algunas, porque solo se refieren a los desmanes atroces de uno de los bandos, porque aplican la piedad al que creen suyo, bajo la mostrenca premisa de que un asesino de izquierdas es un justiciero y un asesino de derechas es un cabrón.
Zapatero no conoció a su abuelo. Yo he hablado con muchas personas que asesinó ETA, y conozco a más de una viuda y a más de un padre que se laceran con el recuerdo y rompen a llorar. Esta asimetría pérfida es la consecuencia de una degradación sectaria que produce espelunca. Aplicar el olvido a las víctimas que están con nosotros y remover el recuerdo sobre los crímenes de un solo bando de una guerra es de una malicia terrible, que no intenta ninguna reconciliación y mirar al futuro, sino remover los odios del pasado para que España vuelva a quedar dividida en dos bandos, y que cultiven tanto rencor que lleguen a aborrecerse.