• Lunes, 18 de Diciembre de 2017

Otros tiempos

Hace ya más de medio siglo, en un enero de 1961, el nuevo presidente de EEUU, John Fitzgerald Kennedy, pronunció un hermoso discurso donde deslizó alguna de las frases que luego serían repetidas y quedarían para la posteridad. 
 

Hace ya más de medio siglo, en un enero de 1961, el nuevo presidente de EEUU, John Fitzgerald Kennedy, pronunció un hermoso discurso donde deslizó alguna de las frases que luego serían repetidas y quedarían para la posteridad. Una de ellas fue “No te preguntes que puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”. Ni a Hillay Clinton, ni a Donald Trump, ni a ningún político coetáneo de Occidente, se le ocurriría pronunciar esta frase, porque los votantes saldrían corriendo asustados.
 Cualquier apelación al esfuerzo, al sacrificio, a la responsabilidad individual es un método seguro para perder unas elecciones. Y, al contrario, cualquier referencia a que los fracasos individuales son culpa de fuerzas oscuras que el candidato va a destruir, recibe el beneplácito de la mayoría. Una mayoría que ya funcionó así frente al Brexit, en el Reino Unido, porque les dijeron que sus torpezas y limitaciones eran culpa de la perversa Europa. Bastaba salirse de la UE para que, al día siguiente, el torpe contador de chistes malos se convirtiera en un admirado humorista, el mal estudiante en un tipo lleno de recompensas académicas y la chica sin éxito en las relaciones amorosas en una especie de vampiresa elegante. 
¿Y esas mentiras tan burdas funcionan? Funcionan cada vez más. El nacionalismo secesionista tiene ahí una base amplia y firme sobre la que asienta un discurso donde todos los demás roban, engañan, estafan y esconden el hombro, en perjuicio de los valerosos, trabajadores e inteligentes secesionistas. Ya no hace falta repetir mil veces una mentira para que se convierta en verdad, es suficiente con que la mentira halague la vanidad del espectador y le lleve al convencimiento de que sus fracasos han caído sobre él por culpa de esos enemigos que se ceban en los incautos. Y nadie quiere ser incauto. Entre una verdad desagradable y una bella mentira pocos dudan al elegir. Detroit seguirá siendo una ruina. El esplendor volverá a aquel que se espabile y se busque la vida y la fortuna. Pero toda mentira cuenta ahora con la complicidad de los que desean ser engañados. Son otros tiempos.