• Martes, 24 de Octubre de 2017

Nombre: Guerra; apellido: Religión

No habían pasado 48 horas desde que el papa 

No habían pasado 48 horas desde que el papa de Roma nos advirtiera de que estas matanzas no son consecuencia de una guerra de religión, cuando el Estado Islámico, a través de su revista oficial, destacó que el objetivo es llegar a Roma. A lo mejor el papa tiene más información, pero esto tiene toda la apariencia de que no es una guerra contra el sistema métrico decimal o contra los grandes almacenes.
Lo cierto es que algo tan antiguo viene a ser como si, en panorama médico, las enfermedades hegemónicas no fueran las variedades del cáncer, sino que volviera la viruela y la lepra. Y es que estos criminales son muy antiguos, tanto que todavía quieren desarrollarse en el seno de una sociedad teocrática, debido a la melancolía de que entonces eran grandes y poderosos... hasta que vino Lepanto.
Juan Eslava Galán, que, además de saber Historia, tiene la habilidad de contarla de forma amena, recordaba hace poco en una tercera de “ABC”, que hasta finales del siglo XVII, los piratas berberiscos, de vez en cuando, se daban un paseo por las costas valencianas, entraban en los pueblos, violaban a las mujeres, secuestraban hombres o arrasaban el lugar como firma de recuerdo. Y esto sucedió durante el reinado de los poderosos Carlos I y Felipe II y concluyó con la llegada de los Borbones. ¿Y cuál era el modus operandi?
Pues los moriscos (musulmanes residentes en España convertidos al cristianismo por las buenas o por las malas) pasaban información a los piratas. Hoy no es lo mismo. A los musulmanes nadie les obliga a cambiar de creencias. Pero los asesinos no son piratas que lleguen en barco, sino asesinos que viven entre nosotros. No se trata de crear odio, sino de tratar de entender la situación, aunque eso no parezca políticamente correcto. Y esto es una guerra, una guerra de religión, aunque resulte más cómo y cortés llamarla de otra manera.