• Viernes, 24 de Noviembre de 2017

Cien mil votos diarios

Escuché el lunes, por la mañana, la interpretación que llevó a cabo Soraya Sáenz de Santamaría del papel que le dieron para interpretar

Escuché el lunes, por la mañana, la interpretación que llevó a cabo Soraya Sáenz de Santamaría del papel que le dieron para interpretar, y que llevó a cabo con tanta profesionalidad como ausencia de entusiasmo, y, luego, por la tarde, en casa de un viejo político, ya retirado, curtido en cientos de batallas, quien, al concluir la intervención, me dijo:

–Cien mil votos menos.

–¿Cómo?, quise aclarar.

–Cada día que pase, sin aplicar el artículo 155, cien mil votos pasarán del PP al partido de Albert Rivera.

A él y a mí la suerte del PP y de Ciudadanos nos importa algo menos que la de los españoles, y prolongar esta situación, esta inseguridad, este viaje de empresas, este temblor de la Bolsa, esta desconfianza de los mercados es algo que significa que un tipo de Calatayud siga sin encontrar empleo o que un autónomo de Tarragona se plantee seguir o no seguir con el riesgo que ha asumido.

Parece como si un árbitro timorato y partidista ordenara la prórroga del partido a ver si, por fin, el equipo de sus preferencia mete un gol y se alza con la victoria, y ya sabemos que el ultimátum del lunes es algo que no tiene efectos hasta el jueves, que la firmeza es un término alejado del concepto del hormigón, y que el término “proporcionalidad” nos suena a miedo o, peor aún, a cobardía.

Hacen bien los delincuentes de la Generalitat de Cataluña en tensar la cuerda, porque saben que están ante un grupo que tiene suelto el cinturón, y que tienen tanto miedo a sujetarlo en la posición adecuada, por no asfixiar a los delincuentes, que nos tememos que se les caigan los pantalones.

Desde luego, Cataluña es España, pero España es algo más, bastante más que Cataluña, algo que parece que se les ha olvidado a los habitantes de Moncloa a partir de mirar sólo un trozo del mapa. Y esa otra España, que suma 40 millones de habitantes, comienza a estar defraudada de estos complacientes árbitros, de estos timoneles timoratos, que además de despreocuparse de los efectos secundarios, tampoco les importa la sangría de perder cien mil votos diarios.