• Sábado, 16 de Diciembre de 2017

La ascensión de la bicicleta

Pertenezco a una generación, en la que la bicicleta 

Pertenezco a una generación, en la que la bicicleta era el símbolo del proletariado. Los jornaleros, los peones camineros, los carteros rurales y los albañiles se desplazaban en bicicleta. Había también una bicicleta burguesa, reservada a los niños de la clase media, y esas eran las bicicletas del verano. De repente, hace tres lustros, los ayuntamientos de izquierda comenzaron a construir en sus municipios carriles para las bicis. Cuando llegaba el relevo de la derecha, el carril se quedaba abandonado, pero últimamente aquella bandera ecologista la han abrazado también los partidos conservadores, y no hay territorio donde no se hayan empleado varias decenas de miles de euros en carriles para las bicicletas... que tienen un uso raquítico. En la ciudad dormitorio donde vivo, de lunes a viernes no se ve ninguna y, los sábados y domingos, cada media ahora aparece un ciclista, evidenciando una desproporción descomunal entre la inversión y la utilidad.
Al mismo tiempo, al grito de “a ver quién es el más moderno” no hay ciudad con más 50.000 habitantes donde el ayuntamiento no se haya gastado un pastón en bicicletas para uso vecinal, con sus paradas, sus tarjetas, y su mantenimiento.
El mantenimiento debe ser bastante caro, porque veo por Madrid unos camiones que van y vienen, cargados de bicicletas... porque hay puntos donde apenas existen y, otros, que están atestados. Es decir, que lo que nos ahorramos en la combustión de gasolinas, luego llega el camión de las bicicletas y deja los niveles del aire en el mismo rango que si no hubiera bicicletas. Esta tontería contemporánea que satisface al 0,2% de la población y es sufragado por el 99,8% restante, goza de un gran prestigio, que para mí es un insondable misterio.