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Calor

Julio C. López | Mar de Fondo
Redacción | Actualizado 06 Julio 2013 - 02:22 h.
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Yahora nos avisan de que llega una ola de calor. Lo que faltaba. Pero la gente está ilusionada. Un largo, larguísimo, invierno y una primavera invernal tuvieron al coruñés mohíno y cariacontecido. Pero ahora llega el calor tropical y todos felices. No sé, no sé. Me llama un amigo inglés al que en su día la ciudad lo encandiló. “¿Han pasarou al moucho?”, preguntó con su acento británico (si pasaron la fregona, traduzco). Hace años que no viene, al menos en verano. Anda el hombre todavía mosca por un desagradable incidente –según sus propias palabras– que le sucedió hace tiempo en la dulce Marineda.
Fue un día de calor estival. Los Cantones eran una parrilla (algún tabú impide plantar árboles ahí). El sol caía a plomo y este buen inglés decidió tomar un bus. Se acercaba uno. Inició un leve trotecillo y se impulsó hacia una carrera... De repente, se sintió con los pies desnudos pateando el suelo como Pedro Picapiedra arrancando el troncomóvil. Era tarde. Estaba ya en el autobús en marcha. Había perdido dos estupendos mocasines. Allá quedaron pegados al suelo. Como con resina. Descalzo como un pordiosero aún tuvo que soportar los gestos reprobadores de los pasajeros, que observaban sus pies renegridos por la suciedad acumulada en la carrerilla. Aún lo recuerda estremecido.
Natural. En Coruña, si no llueve, es lo que sucede. Como a nadie se le ocurre pasar la fregona, en el suelo se va acumulando una notable cantidad de mierda, compuesta principalmente de grasa, alcohol, refrescos y orines que forman una pátina pegajosa. Todo el centro está así. La sala de estar de los coruñeses parece un estercolero. En los contenedores se acumulan hasta desbordarse ingentes cantidades de basura. Un paseo por la Franja, Galera, Olmos o Riego de Agua es lanzarse a una aventura que como tal exigiría la administración de diferentes vacunas, incluidas la del dengue, la malaria y la de la tos ferina.
Mierda variada, calles mugrientas, zurullos de can, guano y un delicado aroma a meados por cualquier esquina. Desde el Orzán hasta el puerto. Esto es con lo que se recibe al turista.
En uno de esos habituales y arriesgados paseos por el centro observé que durante cuatro días seguidos una pareja de mediana edad (parecían franceses, navegantes). Permanecían en la terraza de un mismo bar. Él tenía la mirada perdida, ella la de un perrillo abandonado que suplicara ayuda. Nadie les hacía caso. Se alimentaban sólo de parrochas. El cuarto día seguían ahí, en el mismo sitio. Fieles clientes, pensé yo. Y cómo gustan de las parrochiñas. Pasé de largo, aunque a mis espaldas me pareció oír con un hilillo de voz. “Au secour!”. “Aidez-nous. Nous sommmes collés!”. Hubo que despegarlos con espátula. Los hosteleros no pasan un agüita a las terrazas así los ahorquen. Está claro que aquí, si no llueve, nadie mueve un dedo por lavar las calles. Y se nos viene una ola de calor... Ah, bendita lluvia.