josé romero p. seguínEl verano es la infancia de los hombres, se les ven infantiles

El verano es la infancia de los hombres, se les ven infantiles en vestimentas, diversiones y descansos, ocupándolo todo, enredando en todo con la curiosidad de niños descosidos por las más felices de las urgencias.
El verano es, además, la más saludable de las estaciones. La que sana esos cuerpos sobre los que lidian las mentes sus feroces y fantasmales batallas. Donde baten sin piedad los cotidianos días de las otras estaciones, las de andar por casa camino del trabajo, cargados de: ropas, lluvias, vientos y melancolías.
Vivir en ese alegre espacio es perder noción de él y del tiempo, y creerse, otra vez, capaces de llegar allí donde dispongan sus apetencias. Volar incluso, por qué no, en esta mágica región no existen medias alturas que los limiten, en él, todo es de un mismo tamaño, por eso se elevan igual cuando gatean por las playas que cuando se asoman sin asomo de vértigo a los feroces tajos de la aventura.
El verano se gusta en los ojos de los hombres: alegres, chispeantes, capaces de ir dibujándole caritas sonrientes a sus angustias, para que nada escape al embrujo de un sol radiante y sin esquinas. Un sol que gira con ellos en las plazas y se pone para ellos en las sombrillas y toldos de las terrazas. Para nacer luego en ese primer horizonte que es la orilla o la acera del otro lado de esa calle que, han de coger para ir a otra playa, a otro bar, a otra alegría, en ese infantil suspiro de veraniega infancia.