• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

“Cuando el agua me cubría la cintura daba media vuelta y regresaba a la playa, así varias veces. Era un cobarde, incluso para poner término a mi vida”. “Me pasaba por la cabeza, una y otra vez, empotrar mi coche contra un muro y terminar de una vez”. “Era tal mi angustia que cuando volvía a casa me veía lanzarme por la ventana”. Son una pequeña muestra de las numerosas situaciones vividas por demasiadas personas en momentos de vulnerabilidad económica o en riesgo de perder su vivienda habitual.
Una vez conocemos ciertas estadísticas oficiales sobre el incremento del número de suicidios en los últimos años de crisis económica no deberíamos obviar esta realidad y tendríamos que hacer algo más para evitarlos. Algo más por parte de las administraciones públicas. Estas personas son ciudadanos que tienen sus derechos y a los que deberían representar con respeto y no con la soberbia, la indiferencia y la prepotencia que caracteriza a muchos de ellos.
Las tradiciones familiares y la cultura popular han sido las culpables de crear una sociedad desigual entre triunfadores, una élite de privilegiados que tiene libre acceso a todo lo material, y las personas humildes y honradas que tienen que luchar contra viento y marea para sobrevivir. Un mundo injusto y una sociedad inhumana en la que predomina el tener por encima del ser. Donde el que más tiene es el mejor y más respetado y el mileurista o el parado es el más débil, el fracasado, el paria de la sociedad, que únicamente despierta compasión.