• Sábado, 25 de Noviembre de 2017

Muerte con dignidad

José Manuel Pena

Vivir y morir forman parte de uno mismo. Hasta para morir hay que tener suerte. Seguro que no es la primera vez que lo habíamos escuchado a nuestros padres o abuelos. No hace mucho tiempo una persona de cierta edad que, en esta vida, tiene todo lo que cualquier mortal podría desear, me comentaba que le atemoriza la muerte, y más que eso a tener que estar sufriendo.
Sinceramente creo que, cualquiera de nosotros, pensamos lo mismo. El temor a las molestias, fuertes dolores constantes y al sufrimiento es algo humano. El problema es que no podemos elegir la hora, el día ni la manera de morir. Los hospitales están llenos de personas desahuciadas que únicamente les queda esperar su hora final.
Las casas familiares también acogen a personas en estado terminal, sin olvidarnos de los geriátricos y de otras instituciones públicas y privadas, donde la mayoría (por no decir la totalidad) de sus usuarios son personas mayores con dolencias crónicas.
La realidad es que la sociedad envejece muy deprisa y aún no estamos preparados para afrontar la muerte con la dignidad que se merece cualquier persona.
En los centros hospitalarios tendría que haber más departamentos de cuidados paliativos para procurar una mejor calidad de vida para los enfermos y sus familias, en esos momentos tan dolorosos.
Cuando un enfermo está en fase terminal e irreversible, sin pensarlo, cualquier facultativo tendría que aliviar sus molestias y paliar el sufrimiento porque nadie se merece, en la actualidad, luchar solo contra el dolor.
¿Cuántas familias acuden cada día, al hospital, para estar junto a un ser querido? ¿Cuántos acuden para acompañar a enfermos terminales y se ven impotentes cuando los ven sufrir?
No es solo el enfermo el que se enfrenta a la muerte sino que afecta a todo el entorno familiar y tenemos la obligación moral de que dispongan de la mejor calidad de vida, preparándoles el camino, sin sufrimiento, para una muerte digna.