• Martes, 21 de Noviembre de 2017

Una ciudad verde y azul

El medio ambiente se ha vuelto a poner tristemente de moda al darle Trump un portazo al Acuerdo de París por el cambio climático. Poco nos duró la alegría. 

El medio ambiente se ha vuelto a poner tristemente de moda al darle Trump un portazo al Acuerdo de París por el cambio climático. Poco nos duró la alegría. 
En esto del cambio del clima hay quien defiende que solo seremos capaces de recuperar el planeta a través de actuaciones individuales, con gestos persona a persona, haciéndonos responsables de transformar nuestro comportamiento privado hacia hábitos de consumo sostenible. Hay muchas cosas que hacer para mejorar nuestro pacto particular con el planeta. Si nos auditáramos para conocer qué podemos cambiar en nuestro día a día nos sorprenderíamos. Cómo consumimos alimentos, ropa y ocio, qué modelo de movilidad utilizamos, cómo educamos a nuestros hijos, qué hacemos en nuestro trabajo...
Puede parecer injusto trasladar al ciudadano la responsabilidad, pero es necesario mover a la reflexión sobre las consecuencias de cómo nos comportamos, cómo consumimos. Ante la tela de araña mediática de multinacionales y gobiernos, es el ciudadano el único capaz de traspasar la malla, uno a uno, hasta que el final nos colemos todos. Hay movimientos internacionales que practican con éxito el “dar ejemplo de manera individual” que, como si de modas se tratasen, modifican pautas de consumo de millones de personas aisladas. Que se lo pregunten a las multinacionales que hasta no hace mucho hacían la vista gorda sobre el trabajo infantil o las que usaban masivamente aceite de palma.  
Los ciudadanos parecemos actuar como si esto del calentamiento no fuera con nosotros. La locura del día a día nos lleva en volandas y poco alteramos nuestras costumbres si no nos afecta directamente. Pero sí que podemos hacer mucho por el medio ambiente. Soy un convencido de que la ciudad es el ámbito de organización social que debe liderar el cambio necesario, no solo porque más de la mitad de la población mundial vive en ellas, dos tercios en Europa, sino porque significan el 80% del consumo mundial, tanto del bueno, como especialmente del que más perjudica al planeta.
Por pequeña que pueda parecer una iniciativa en una ciudad aislada, si recoge una innovación útil, una transgresión ilusionante o testea un modelo alternativo a escala suficiente, se produce un efecto amplificador que puede ser conocido en todo el planeta.
La UE tiene una iniciativa que anima a sus ciudades a desarrollar políticas medioambientales que las conviertan en Capitales Europeas Verdes. Copenhague, Bristol, Hamburgo, Nantes y la española Vitoria,  entre otras, han conseguido el galardón. Ahí, cerca, tenemos ejemplos a seguir. Estas sí son ciudades rebeldes, pero de las que vale la pena aprender.
A Coruña tiene todo por hacer si queremos catapultarnos hacia un modelo de sostenibilidad reconocible. Podemos convertirnos en un ejemplo de convivencia preocupado de lo local y de lo global y hacerlo desde la ciudad de la que en 1799 partió Humboldt en su revolucionario viaje que demostró a la ciencia la interconexión de toda la naturaleza.