• Viernes, 24 de Noviembre de 2017

Rebelión contra el odio

escribo el martes por la mañana y como profetizar es siempre arriesgado no me atrevo

escribo el martes por la mañana y como profetizar es siempre arriesgado no me atrevo a predecir lo que pueda “proclamar” el presidente de la Generalitat por la tarde.
Pero, pase lo que pase, el mal causado por la larga deriva independentistas ya está hecho. Es perceptible en el deterioro de la imagen y de la economía de Cataluña –también en la del resto de España– que tiene su expresión en la fuga de empresas muy relevantes, en la ruptura traumática de relaciones familiares y entre amigos y en la división de la sociedad catalana asentada hoy sobre el odio y rechazo hacia todo lo que suene a España, que fue el clima que creó el nacionalismo durante años y para mucho tiempo.
Ese odio que pavimenta hoy el suelo catalán lo padecieron de manera cruel los 400 guardias civiles gallegos desplazados a Barcelona. Según su relato, todos sufrieron el acoso de una parte de la población catalana en forma de insultos, hostigamiento, escraches, restaurantes que les niegan la cena, taxistas que rehúsan recogerlos, gimnasios que les echan de sus instalaciones… Solo su contrastado equilibrio emocional consiguió que no se derrumbaran anímicamente e impidió cualquier reacción visceral.
Pero aún es más ruin y deleznable el odio que se está sembrando en niños y adolescentes hacia los hijos de los agentes destinados en Cataluña que son señalados en los colegios. “Estarás contento con lo que hizo tu padre ayer”, le reprochó un profesor del instituto El Palau en San Andreu de la Barca a un niño a primera hora de la mañana del lunes día 3 delante de toda la clase.
No hay palabras para calificar el comportamiento de este docente, aunque su indignidad fue contrarrestada en parte cuando 200 escolares se concentraron fuera de las aulas para pedir a los profesores respeto a sus compañeros hijos de guardias civiles y hacia todos. Ellos, que son coherentes y tienen un acentuado sentido de la justicia, reclamaban tolerancia y “stop adoctrinamiento”.
Fue la rebelión de los escolares que, en palabras de Catherine L’Ecuyer, tienen derecho en casa y en el colegio a una infancia y adolescencia libres de ideologías políticas, de racismo, odio y fanatismo.
Después del plante de los alumnos, el claustro de profesores del instituto manifestó en la página web que “siempre ha velado por la perfecta convivencia de su comunidad educativa”. Suena a disculpas de mal pagador, a justificación de nacionalismo insensato, una prueba más de su cinismo