• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Si fuésemos un país normal

Tomo prestado el título para esta columna de un artículo de Jordi Sevilla

Tomo prestado el título para esta columna de un artículo de Jordi Sevilla (El Mundo, 15.10.2017) en el que sostiene que “si España fuese un país normal” estaría analizando las advertencias del FMI sobre los peligros que acechan a la economía.
Suscribo la opinión del ex ministro. Tan solo cambio la expresión “país normal” por “país con políticos normales” porque después de soportar el bloqueo y la parálisis política del año pasado y de digerir ahora el hartazgo del monotema catalán, hay que concluir con Machado que “en España lo mejor es el pueblo” que dio sobradas muestras de una gran normalidad.
Es comprensible que el Gobierno y los políticos lleven meses dedicados a lo urgente, que era el incendio catalán. Pero apagada aquella astracanada ahora deben retomar la actividad ordinaria y aplicar sus esfuerzos al gobierno del país ocupándose de asuntos pendientes que son determinantes para mejorar el bienestar de los ciudadanos.
Hay dos que preocupan mucho: el pacto educativo, siempre pendiente, que es necesario para unificar criterios y trasmitir a las nuevas generaciones conocimientos y destrezas para que puedan vivir y trabajar en “su mundo”, que será más complejo y exigente.
El segundo es la reforma de la las pensiones que pierden poder adquisitivo a raudales -el FMI predice que la pensión de un recién jubilado se devaluará un 30 por cien durante su retiro- y si no se toman medidas les espera un recorte traumático. Ambos asuntos están parados.
La educación duerme en el regazo de la fantasmagórica subcomisión del Congreso y de reactivar el Pacto de Toledo solo se acuerdan cuando se conoce el déficit de la seguridad social.
Educación, pensiones y sanidad forman parte del núcleo duro del estado de bienestar y su mantenimiento necesita recursos económicos que provienen del crecimiento de la economía que hay que consolidar, y del empleo que necesita ser impulsado con políticas activas que creen trabajo con menos precariedad temporal y salarial y acaben con una desigualdad irritante.
La bonanza económica que se empieza a percibir no está garantizada si no se acompaña con medidas que la estimulen e impulsen. Por tanto, “volvamos a ser un país normal”, dice Jordi Sevilla, con políticos normales que aparquen los problemas identitarios y dediquen sus esfuerzos a gobernar que, básicamente, consiste en establecer prioridades y tomar decisiones para mejorar la vida de los ciudadanos resolviendo sus problemas.