• Viernes, 15 de Diciembre de 2017

EL CATALÁN PEDIGÜEÑO

Creo que pocas cosas me quedan por decir de Artur Mas. Sobre el presidente de la Generalitat he opinado desde todos los frentes, desde todos los ángulos políticos posibles.

Creo que pocas cosas me quedan por decir de Artur Mas. Sobre el presidente de la Generalitat he opinado desde todos los frentes, desde todos los ángulos políticos posibles. De todos modos, hoy no me puedo olvidar del jefe del Ejecutivo autonómico que tiene dos velas encendidas: una al catalanismo de baja estofa (la sedición) y la otra al Gobierno de la nación de la que pretende desgajarse (petición de dinero para tapar los profundos agujeros negros que tiene su autonomía).
Debo reconocer que hace bastante tiempo yo tenía una idea muy equivocada de Mas. Recuerdo en una boda en la que unieron sus vidas una gallega y un catalán, que el padre del novio y luego esposo, habló conmigo largo y tendido sobre lo que significaba el pujolismo y la herencia recibida por Mas para llevar las riendas de su autonomía, una vez superado el Gobierno tripartido que por un tiempo rigió a los catalanes. 
En aquellas épocas la música no me sonaba mal. Con el paso del tiempo el político se fue diluyendo como el azúcar que echaban en el café los integrantes de la familia y el gobierno Pujol, a los que, según los escritos de la época, Mas les llevaba el cortado, solo, con leche o descafeinado, cuando comenzó a caminar por las alfombras políticas del poder. Eran tiempos en los que el heredero del pujolismo empezaba a levantar cabeza, de forma altiva, y a hacer una carrera de fondo a favor del secesionismo que lo único que hizo es hundir a su partido, Convergencia, y darle alas a los independentistas de la peor de las estofas. 
Artur Mas es el eterno pedigüeño que busca que terceras personas –en este caso el Gobierno de España– le resuelvan sus dispendios, sus despilfarros y sus temeridades que le mantienen en la cuerda floja en lo relativo al pago de sus deudas, de las que las más significativas en estos momentos están relacionadas con el sector sanitario, incluidos los medicamentos. Cuando se ve con el agua al cuello, como ocurre ahora, la única propuesta política que conoce es pedir adelantos a cuenta al Estado del que se quiere desgajar. 
Sigo pensando, y cada vez más, que el secesionismo, el separatismo es una cortina de humo que se le fue de las manos a Artur Mas para ocultar todo lo relativo con la tremenda corrupción en su partido, nacido en el seno de la clase pudiente, burguesa y de derechas nacionalista catalana, y en la familia del que le dio de mamar en sus pechos políticos, Jordi Pujol y todo su clan de vástagos.
Lo mejor que le puede pasar a Atur Mas es que no salga elegido presidente del Gobierno catalán. Y si esto sucede seguro que se preguntará, en la soledad del corredor de fondo que no sabe a dónde va ni dónde está la meta para detenerse, que para este viaje no hacían falta alforjas tan pesadas y tan destructivas para su pueblo. Se irá para casa sabedor de que dejó crecer muchas fieras políticas. De todos modos, si no es elegido presidente creo que aún le hará otro flaco favor a su pueblo: convocar nuevas elecciones.