Recuerdo cuando era niño que me gustaba acompañar a mi padre a un bar que había al lado de nuestra casa cuando iba a depositar el boleto de la quiniela de fútbol al que se le colocaban un sello amarillo que daba fe de que la apuesta se había hecho según las bases que regían en aquel momento.
La gran mayoría de los españoles –por no decir la totalidad– soñaban cada fin de semana con disponer de un boleto que les otorgase un buen montón de miles de las antiguas pesetas que en muchas ocasione se transformaban en cantidades millonarias que uno no se podía ni imaginar y que a su protagonista le convertía en actor improvisado de la única televisión que había en aquellos momentos de la vida en blanco y negro.
De quinielas como si de un resultado que se tratase y si se pudiera colocar en la casilla correspondiente un signo, hoy los catalanes, que ejercen el derecho   personal e intransferible de la votación democrática, pueden otorgar al final, después de las ocho de la tarde, cualquiera de los tres signos que se puedan dar en un boleto de apuestas del Estado donde se hacen vaticinios sobre los partidos de fútbol, y en las tierras catalanas sobre recuentos de votos.
Insisto en que se pueden dar cualquiera de los tres signos posibles: 1 (si ganan los de los colectivos, separatistas, secionistas, nacionalistas y antisistemas); 2 ( si los que alcanzan el triunfo son los  que forman el grupo constitucionalista, contando con los socialistas), y X ( si se produce un posible empate técnico, y  aquí también podrán decidir los del puño y la rosa).
En este juego de las quinielas, con urnas incluidas, está que el proceso vuelva al primer plano de la actualidad, o que sea enterrado para siempre. Los catalanes tienen su decisión a través de las papeletas. Y termino volviendo al campo del 1X2, La Quiniela, contándoles una anécdota que viví como periodista.
En total éramos cuatro periodistas: uno de la SER, ya fallecido; otro de la agencia Efe, jubilado, el tercero jubilado de la Radio Galega, y yo también en el bando de los jubilados. Nos adelantaron que en un bar de Santiago había un acertante máximo. El único en toda España. Hicimos guardia. Nos peleamos hasta el último momento por la noticia. Los cuatro la repetimos en nuestros medios de comunicación. Recuerdo que José María García, con el que hablé a lo largo de la noche, me repitió que no había ninguna quiniela de esas características en Santiago. Al final tuvo razón. Un grupo de habituales del miso bar le gastaron una broma, pesada y de muy mal gusto, a una persona un tanto corta en luces. Le falsificaron un boleto con todos los aciertos y llamaron a la prensa. Nosotros nos quedamos con el palmo de narices y la mala leche periodística de que nos la había colado... Eran los riesgos de la profesión de aquellos tiempos. Eran los comienzos de los años 80. Casi nada.
Esperemos que a los catalanes no les ocurra lo que al joven de pocas luces y a los periodistas lo mismo: que no se la cuelen. De ser así las consecuencias pueden ser imprevisibles.