• Sábado, 25 de Noviembre de 2017

En la vejez también hay belleza

En el Rosalía, en función única de domingo, con aforo completo, la productora Pentación Espectáculos, coproducida por Talycual, puso en escena la obra “La velocidad del otoño”

En el Rosalía, en función única de domingo, con aforo completo, la productora Pentación Espectáculos, coproducida por Talycual, puso en escena la obra “La velocidad del otoño”, del escritor escocés Eric Coble, versión de Bernabé Rico, con dirección y espacio escénico de Magüi Mira.
En escena Alejandra, magnificamente interpretada por Lola Herrera, una de las grandes damas de la escena española, una artista de 81 años, amante del arte y la pintura que se enfrenta a su familia por el lugar donde va a pasar el resto de los años que le quedan de vida. A su favor tiene su ingenio, su pasión por la vida y una barricada que ha creado en la puerta de casa con suficientes cócteles molotov para hundir el bloque entero. Pero sus hijos tienen su propia arma secreta, su hijo más jóven, Cris, que regresa después de veinte años de ausencia, aparecido a través de la ventana del segundo piso en el que vive Alejandra para convertirse en mediador de la familia. Cuando pronuncia las palabra ‘’Hola, mamá’’, todas las emociones de los años pasados explotan.
La velocidad del otoño, es una obra a la vez divertida y trágica, en la que se nos habla del paso del tiempo, de la necesidad de ser dueños de nuestro propio destino, de poder elegir dónde queremos morir y cómo. La gran Lola Herrera está acompañada por un magnífico Juanjo Artero en la piel de su hijo menor, recién llegado de Suiza, aunque su madre lo confunda con Suecia, al que en un primer momento no quiera ver ni escuchar, pero solo en un primer momento, porque él no es el antagonista sino sus dos hermanos, Paula y Miguel, que irrumpen en la escena a través del teléfono móvil, tratando de convencer a su madre de que ingrese en una residencia de lujo en la que estará muy bien atendida.
Magüi Mira vuelve a cosechar un nuevo éxito en su carrera como directora, sabiéndose acompañar de magníficos profesionales como José Manuel Guerra, encargado del diseño de iluminación, que le da un aire profundamente intimista a la escena. De ella es también el espacio escénico que reproduce el salón de una vivienda acomodada con un gran ventanal  donde se ve el árbol centenario por el que trepa Cris hacia la casa de su madre, una estantería repleta de obras de arte y un sillón rojo, el mismo color del vestuario de Lola Herrera, que le da ese toque de pasión que rige la vida de Alejandra, que, auqnue es consciente de su edad, también lo es de que la vida aún le puede dar muchas sorpresas.