• Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Continuamos nuestra crónica sobre la plaza de Pontevedra.

Continuamos nuestra crónica sobre la plaza de Pontevedra. Los charlatanes proliferan en ella como tertulianos prosaicos apoyados por teléfonos móviles. Al contrario de los televisivos y radiofónicos-empeñados en arreglar con sus eruditas elucubraciones el mundo y las gentes-, acá son domésticos. Más vulgares. Hablan de los precios del mercado, las hipotecas y otros gastos familiares que añadir. También de paso del cuidado de nietos e hijos. Como el padre sudoroso que corre toda la mañana sosteniendo la bici de una niña torpona y miedosa.
Los moderadores, que aglutinan gentes y otros que se les incorporan a escucharlos, actúan ante este río de la vida que discurre por el ágora igualito que el Paraná pues besa la playa y se va... Allá tres mujeres hablando de trapos y de cremas solares. Hacia el fondo con Juana de Vega una pareja de adolescentes se abrazan sin pudor. Cercano a un improvisado partido de fútbol donde los rapaces-camisas nacionales y deportivistas-no respetan a nadie en la disputa del balón, sean impedidos, viejos con bastones, incapaces acompañados o parejas paseando orgullosas sus vástagos. Así mismo los hay perrenchudos que gimotean atenciones. Y alumnos del instituto tragandose enormes bocadillos comprados en el supermercado próximo.
La cesta de baloncesto, instalada por el concejo, se lleva los aplausos de los cultivadores de la canasta. Tampoco sobra de vez en cuando la presencia de policías, funcionarios de jardinería y de limpieza para mantener aseado el lugar. Piar de golondrinas y pájaros que rivalizan con los niños en el parque infantil donde nadie se aburre. Mientras se aguarda pacientemente para disfrutar algún artilugio, el abuelo indaga a su segunda generación: ‘’Soy un palito, muy derechito, encima de la frente tengo un mosquito’’ o ‘’¿qué cosa es cuanto más grande menos se ve?