• Domingo, 17 de Diciembre de 2017

Siempre deseamos ser perfectos aunque no logremos consolidarlo.

Siempre deseamos ser perfectos aunque no logremos consolidarlo. Por eso ponemos el horizonte muy lejos. Lo malo es que viene el tío Paco con la rebaja y nos deja con un palmo de nariz –el cura del campo de Alcañiz les llamaba narices–. Así recordamos el pasado, proyectándolo en el futuro, para vivir sobredimensionado el presente. Cierto que nos engañamos a nosotros mismos sustituyendo los decorados de los verbos para conseguir otras perspectivas. Eso que algunos han dado en llamar política fake para suplantar la realidad. Meditemos. No vivimos en La Coruña sino en su descripción. Un paralaje que al desplazarse modifica el horizonte o se convierte en el mantra de una posverdad cuando no deja de ser una mentira reiterada.
Tal me sucedió con una de mis últimas columnas que me obliga a un retornelo. Vuelvo sobre la canción francesa icono de mi niñez. “Les feuiles mortes”, dándole toque “chic” al comentario. Música de Kosman y letra de Prever, popularizada internacionalmente por Ives Montaigne. Aquí lo hizo, en el parque del Sporting de Juan Flórez, la Orquesta X que actuaba todos los miércoles, animaba las cenas diarias de la marquesina y de vez en cuando cubría las verbenas de agosto. Un conjunto musical integrado por guardias municipales, tranviarios, panaderos, humildes empleados que buscaban una peseta más animados por Manolito. Hermoso recinto. Buen jardín cuidado por Eladio. Amplia pista para bailar, marquesina, barra, campo de tenis y un frontón atendido por pelotaris vascos. Quinielas, partidos y apuestas. Edén adornado con mil luces, diferentes puestos festivos y alegres sones metálicos de organillos… Con presidentes derrochadores para pasarlo bien, Alfonso Molina al canto, o la severidad impostada de personajes tan serios como Oscar Nevado –sobaco ilustrado por llevar habitualmente un libro– que exigía medias y sombrero para acceder al recinto.