• Lunes, 20 de Noviembre de 2017

Divina representacion

Grupo de teatro Ágora en su sede institucional.

Grupo de teatro Ágora en su sede institucional. Dos funciones con buenas entradas teniendo en cuenta que el sábado se jugó el partido de fútbol del siglo en Cardiff. Valle-Inclán sentándose con nosotros en el callejón del gato para ver esa España tan distorsionada, real y querida por nuestro gallego universal. ¿Exageración al titular la crítica? ¿Mucho ditirambo? ¿Exceso retórico? ¿Blandura calificadora? ¿Aspaviento? ¿Melindre? ¿Alabanza entusiasta? ¿Afectación? ¿Grandilocuencia inoportuna? O, en lenguaje claro y sin circunloquios, ¿coba a la compañía y a su responsable director Víctor Díaz Barús?
Ustedes juzgarán. Por sus hechos los conoceréis. Un elenco variado y pasmoso de aficionados que rivaliza con profesionales. Escena desnuda con telares negros y proyecciones escenográficas de iglesia, enrejado, ruinas, infierno y abstracciones. Luz y sonido a cargo de Óscar Domínguez. Tramoyistas y otros técnicos. 
Colaboración especial de la Coral Polifónica Follas Novas, dirigida por un inspirado Fernando V. Arias acompañado por la pianista Anna Mirzoyan. Buen engarce tímbrico. Sonoridad. Tonalidades para marcar escenas o situaciones. Muy aplaudidos.
Ahora echen cuentas. Veintiún cómicos, canto, música y movimiento escénico suponen tarea de titanes. Víctor Díaz Barús sale airoso refrendando éxitos anteriores con una tragicomedia de aldea donde el bien y el mal juegan su partida. Galicia irredenta, andariega, ruda, abierta en canal. Teatro mítico. 
Lujuria protagonista. Un enano hidrocéfalo paseando en carreta por caminos y romerías implorando limosnas. Obra desagradable, negra, atrevida. Amoral. Ionesco, Beckett, Camus y Sartre están muy lejos y Valle-Inclán camina por el infierno y lo describe rojo en su diario de navegación. Ciclo dramático que encarna -al decir de un erudito- figuras ululantes, violentas y carnales, pero de un sentido religioso tan profundo, que mueven al amor como los dioses, y éste es el don sagrado de la fatalidad.