• Sábado, 24 de Febrero de 2018

Tras los tres pies

Pido perdón pero no tengo más remedio que insistir.

Pido perdón pero no tengo más remedio que insistir. En mi última columna dejé muchos flecos sueltos y cabos sin atar. Nada hay nuevo bajo el sol. Un fraile, dos frailes, tres frailes en un coro hacen el mismo ruido que uno solo. Un poco de por favor porque también un elefante se balanceaba en el hilo de una araña. Habrá que contratar a los sabuesos de la Tía Mortadelo y Filemón, entrañables personajes de Ibáñez, para que encuentren la frontera entre los buenos y los malos. Los crueles demonios decenviros de Dostowiesqui o los ángeles de Sócrates, Marco Aurelio o Séneca. Encontrar los tres pies al gato… un tuétano existencial que fundamenta y enlaza las grandes figuras de todos los tiempos.
Aludíamos el otro día al hijo del carpintero que no tenía donde reposar la cabeza, a su doctrina de amor y calendario de nueva época. Sin embargo, todo aquello se ha venido abajo. Los seminarios se han despoblado. Ya no hay curas. Y aunque subsistan catedrales, cenobios e iglesias aparecen vacíos en la soledad más multitudinaria. ¡Acógeme, ¡oh Padre Eterno!, en tu seno, misterioso hogar, pues vengo cansado del duro bregar! No obstante, las gentes se declaran religiosas aunque no cumplan obligaciones y observen con curiosidad a ese obispo de Roma y su populismo global.
Otra corriente ideológica paralela nos la ofrecen los seguidores de Lenin y compañía. Todos critican y maldicen su dictadura, pero a la vuelta de la esquina esos progres que se declaran muy progres continúan siendo los comunistas de los viejos tiempos y la bandera roja sigue señalando el camino a todas estas muchachadas burguesas que, con los esfuerzos y dineros de papá, juegan a ser ácratas revolucionarios.
La funesta manía de pensar nos depara la lógica como estudio de la razón. Así el comunismo es una síntesis. Los bolcheviques otra cosa. Las ideas siempre permiten expresar la alegría de vivir.