Hoy hablaré de regalos. Las navidades se prestan a estos obsequios, bien con acento nórdico de Santa  Claus o nuestros reyes-Melchor, Gaspar y Baltasar-de la tradición judeo cristiana. Todo el mundo intenta acertar y arrima el hombro para quedar lo mejor posible. Se acude a los comercios, grandes superficies mercantiles o incluso supermercados electrónicos. Muchos adquieren sus compras en función de su valor crematísticos, mejor cuanto más caras; otros, sin embardo, lo piensan mucho, meditan cuanto pueda agradar al receptor, o lo envuelven en papel de amor para rivalizar con la entrega cordial y afectuosa. Y entre los miles de intercambios que se producen estos días he elegido dos, plásticamente reveladores, hechos por hijos a sus madres.
El primero, utilizando los servicios de la electrónica como corresponde a un chaval joven, consciente en una primorosa taza de té-made in  China-acompañada de colador para ser utilizada individualmente. Lleva adjuntas dos bolsas de tés aromáticos, negro y verde. Variedades y procedencias a punta pala. Consumido frío por los estudiantes rusos o al vapor por los súbditos de su graciosa majestad británica. Acá en La Coruña empieza a ser moda consumir las hojas del famoso arbolillo estático. Se da un té. Se acude a un té. Cualquier pretexto es bueno para reunirse. Si se añaden unas pastas, mejor. El recuerdo de la gran creación que hizo Carlos Lemos con la compañía Lope de Vega al desembarcar en el Teatro Colón y  estrenar “Te y simpatía”. Madre que disfruta la infusión notando en sus dedos el calor del hijo ausente.
El segundo regalo es más prosaico. Un artilugio con forma de bastón y empuñadura de pistola terminado en pinzas e imán para recoger las cosas del suelo cuando los muelles de la edad han perdido elasticidad para agacharse a recoger ropa, monedas o El Ideal Gallego dejado a la puerta. Amor se escribe sin letras. En la lejana cercanía.