Los campos de enebros

No soy mucho de las grandes figuras. Me dejan anonadado y empequeñecen. Comprendo que existen y las admiro, pero yo voy más en vuelo rasante y me resultan incomprensibles. Por el contrario me inclino hacia las pobres gentes, los humillados y ofendidos, los lázaros rinconetes y cortadillos. Incluso al diablo cojuelo que levantaba los tejads de las casas madrileñas para fisgonear en ellas o los entrañables héroes de Dickens como David Copperfield. Seguramente un trozo de Willa Cather –“Para mayores de cuarenta años”– me sirve de pasaporte conversador. “Hay muchas clases de personas en los libros de la señorita Jewet. Puede que haya Otelos, Yagos y Donjuanes, pero no son propios del campo, no aparecen espontáneamente como lo hace lo eterno en los campos de enebros”.
Con una literatura tan rica como la española y sus hermanas consanguíneas resulta imperioso aceptar si hemos logrado o no señalar personajes de Rojas, Calderón y Lope de Vega. O la candidez de Elvira y Fernando en la historia de la escalera de Buero, el disputado voto del señor Cayo y Daniel, el Mochuelo, creados por Delibes.
A mí me enternecen los tipos que viven mi entorno. No figuran en las revistas del corazón, pero son felices a su manera, pues se contentan con poco cuando otros quieren mucho. Es ese policía local que te informa y sosiega en las dificultades. El barrendero y el jardinero que rivalizan por mantener la ciudad en estado de revista. La madre muldidisciplinar sin tiempo para nada. La abuela amorosa que acude al centro educativo a recoger a su nieto. Padres avergonzados que pasean bebés suyos. ATS, auxiliares, farmacéuticos, médicos y administrativos de la Seguridad Social. Funcionarios. Empleados de todo oficio y condición. Acá reside la sal de la vida. Un pálpito que late entre los dedos conforme miramos los ojos del interlocutor...