Felicitaciones

Ya sé que en el libro de los gustos no hay nada escrito.

Ya sé que en el libro de los gustos no hay nada escrito. Como La Parrala –unos decían que sí, otros que no– o el color del cristal con que se mira. Algunos van de ascéticos y aquellos se declaran ateos, gracias a Dios. La fe del carbonero y el cura de Ars enfrentados a tanto enciclopedista de vía estrecha que aspira a conquistar el cielo, por mor de ropas informales y pelambrera casposa rematada con coletas o gorras de visera mugrientas y revolucionarias. Frente a la mamarrachada de un cartel anunciador que nada divulga, los diálogos de carmelitas, durante la revolución francesa, camino del patíbulo… Un ejemplo, también constado en nuestra ciudad, de la gran bola de luz de la Marina, donde una vez dentro compruebas que esa vacía.
Sin embargo, soy de los privilegiados al que estas reuniones familiares le conmueven y colman deseos. La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va… Claro que todos somos distintos, pero esa diferencia nos enriquece al contrastar opiniones y comprobar el antagonismo ajeno. No ese delirio de la progresía de nuestra Marea, a la que el oleaje confunde con bautismos y comuniones laicas, belenes agnósticos o fiestas de solsticios astrales. Esos efectos colaterales los definen adecuadamente; vamos, como si a alguien que la ahorcaran, ya no podría comer.
Y entre las cariñosas felicitaciones recibidas –salud, amor, paz y prosperidad– me detengo en la hermosa sencillez de una ilustración que reproduce un matrimonio judío. Un varón con cayado que mira embelesado al niño que su esposa mece tiernamente en sus brazos. Vástago descendiente de la casa de David. Nada de retóricas. Justicia, amor, entrega. Una poesía desbroza el camino. Y el poema “Fantasía” nos lleva de la mano: “se acerca la hora y ya no hay tiento”. Gruta de pastores. Pesebre de ganado. “Como un rayo de sol que atraviesa los cristales, / surge el llanto de un recién nacido...”.