j.a. martínez sevilla

Sé que más o menos todos los hombres son pavos reales. Enseguida abren la cola y su ego se acrecienta en dosis inverosímiles. De muchachos son apolos dispuestos a coronarse bellos adonis. Olvidan los personajes de Mafalda y como la creciente curva de felicidad engorda su cintura mientras sorbe el pecho y lo deja en miñosa”.
La mujer comentaba y su amiga asentía.
“¡Cuidado qué quiero a mi niño, pero estoy de él harta hasta más allá! Se pasa el día comiendo. Es insaciable. Un abundante desayuno que no perdona un aperitivo copioso y variado. El almuerzo cumplido con puntualidad espartana. Después, a media tarde, la merienda obligada. Cierre con la consabida cena… y todavía no. Al dormitorio lleva provisiones, fruta o bollería porque la noche es interminable. ¡Pudiera ser problema nutricional o de metabolismo en las ingestas! Los especialistas médicos insisten en que mejor que comidas y cenas pantagruélicas son estos hábitos donde nuestras vísceras digieren mejor”.
Interrumpió la perorata para chupar ávida el cigarrillo.
“Creéme que lo envidio. Él come el pan y yo engordo. Todas mis dietas fallan por fas o por nefas: atender la lavadora, cocinar, arreglar un enchufe. Cuidarlo como criatura inmadura. Y él a verlas venir. Disfrutando una vida serena y tranquila. Una entereza para mí indescifrable agobiada por ansiedades y sobresaltos. A veces pienso en Groucho Marx cuando señala al matrimonio como causa principal de divorcio. Me puede. Desearía ser como él. Acudir a un aquelarre de brujas y conseguir una pócima con efectos purificadores para mi físico y trastienda. Total es poco lo que solicito a cambio de la fregona”.
–Exageras y lo envidias, alega la interlocutora.
“¿Qué exagero por sana envidia? Lo cierto es que mide casi dos metros, con estómago planchado, y solo pesa sesenta kilos...”