Cien noches de amor

Vivía en una casa miserable con su madre viuda. No porque el hogar

Vivía en una casa miserable con su madre viuda. No porque el hogar estuviera deteriorado y en estado ruinoso sino por su falta de ambición. Miraba a su progenitora y la veía decrépita, hundida, perdida en bucles de sueño inconscientes. Familiares cero. Ninguno más.
La estirpe se extinguía en ellos. Sus navidades resultaban patéticas. Tristes. Muy frías. Siempre daban en perdedores. Como el pelo blanco de su madre recogido en un moño hecho sin gracias. Enjuta, escuálida, pómulos saltones, lívidos, bajo el iris cansino de unos ojos sin alegría. Orejas grandotas adornadas con pendientes de azabache recuerdo de su marido, que en gloria esté. Flaco el cuerpo. Un montón de huesos aunque todavía caminaba a trompicones y hacía bien las tareas domésticas.
“Pedro, le pidió la noche del treinta y uno, sal a despedir el año. Van para cuatro que murió tu padre y yo no voy a durar siempre. Por ley de vida marcharé antes y quiero dejarte colocado. Sobrepasaste la cuarentena y con tu empleo debes formar una familia”. Y más por complacer a su madre que por deseo propio salió a la noche relampagueante toda la luz, diversión, bullicio y frenesí. Eligió el traje nuevo y la corbata adecuada. Tras afeitarse cuidadosamente tuvo su toque de coquetería echándose colonia cara, recomendada por la tele para adonis quita hipo.
Así la encontró. En medio del baile. Con una orquesta de locos y una barra interminable donde la gente trasegaba bebidas. La miró dos veces: una de admiración, la otra para enamorarse. Supo que era la elegida. Danzaron. Hablaron. Se contaron mil intimidades y proyectos. Al final la vorágine. Cien noches de amor sin canción desesperada… Llenó de alegría el corazón de su madre. Planificaron como acondicionar el piso. Cuando sería la boda. Los hijos esperados. La felicidad encontrada.
Quedó traspuesto por el fragor del mar y la brisa rompedora.