• Viernes, 15 de Diciembre de 2017

El potencial autodestructivo

La democracia tiene un potencial autodestructivo.

La democracia tiene un potencial autodestructivo. Si nos preocupa la democracia debemos intentar salvarla de sus debilidades, que son muchas en estos momentos, decía recientemente Adrian Wooldridge, editor jefe y columnista de “The Economist”. Lo estamos viendo casi todos los días con los espectáculos de corrupción, los juicios interminables, la incapacidad de los partidos para llegar a acuerdos, la ineficiencia para abordar las reformas estructurales que necesita el país... El desconcierto de las élites es mayúsculo, porque ninguno entiende lo que está ocurriendo y ninguno tiene la receta para encarar el futuro con sentido y con un mensaje en positivo. Hoy avanzan en una dirección, mañana en otra con absoluta inseguridad, que transmiten a los ciudadanos, aún más confundidos que ellos, pero apáticos, incapaces de hacer algo más que quejarse. La derecha gobierna en minoría y la izquierda está fragmentada, desorientada y sin proyecto. La división de poderes no se respeta, como se está viendo también cada día con políticos apoyando el incumplimiento de las leyes, que ellos mismos han redactado y aprobado. Y así un país no puede enfrentarse a sus problemas, lo que se aprovecha por los que quieren destruir esa frágil democracia, antes de que se destruya a sí misma.
Lo hemos visto este fin de semana en Cataluña. El dolor por el terrorismo ha servido casi siempre para unir a las víctimas con los ciudadanos y con los gobernantes. Y cuando alguien ha intentado aprovechar ese dolor, ese momento terrible en su provecho, la ciudadanía les ha castigado. El sábado en Barcelona, para miles de manifestantes, lo importante no era apoyar a las víctimas o a los terroristas el mensaje de que no vencerán, sino la protesta con “España, el Estado opresor”. Lo que están en esa batalla perdida no desaprovechan ninguna oportunidad, aunque sea miserable. Las ofensas al rey, las pancartas sobre la venta de armas, las esteladas que separaban en lugar de unir, los insultos a las banderas españolas y al Gobierno sobraban el sábado, porque era un día de unidad de todos los demócratas frente al terrorismo. Cuando se confunde intencionadamente al “enemigo”, se corre el riesgo de disparar contra los propios intereses. En lugar de atacar a las instituciones, lo que se está haciendo en Cataluña es institucionalizar la mentira y eso hay que neutralizarlo desde el Gobierno y desde los partidos
En Barcelona los partidos más antidemocráticos ganaron la batalla y tal vez por eso faltaron muchos cientos de miles de ciudadanos. Pero la ausencia o el silencio son dos formas de dar la voz a los que quieren acabar con esta democracia. Se acaba el tiempo del silencio y del miedo o tendrán que atenerse a las consecuencias. “Un país incapaz de evitar una ruptura constitucional envía un pésimo mensaje. La democracia y el principio de legalidad son inseparables”, ha dicho con razón Stéphane Dion, una autoridad reconocida en procesos de secesión y representante de Canadá ante la Unión Europea. Aquí se burla la legalidad, se falta al respeto a las instituciones y se pone en peligro la democracia. Nos autodestruimos.