• Viernes, 24 de Noviembre de 2017

El bucle melancólico

¿De qué hablaremos cuando dejemos de hablar de la “cuestión catalana”?

¿De qué hablaremos cuando dejemos de hablar de la “cuestión catalana”? ¿Sucede algo más que el desafío secesionista? ¿Alguien tiene un minuto para escuchar que en España están pasando otras cosas? Debería tenerlo porque pasan o se anuncian expectativas precedidas de un cierto grado de incertidumbre.
Un ejemplo: ¿cuánto va a durar la legislatura? Conocida la renuencia sobrevenida del PNV –disconforme como está con la aplicación del 155–, ¿podrá el Gobierno que preside Mariano Rajoy aprobar los Presupuestos del 2018? ¿Optará por una prórroga con todo lo que comportaría de ajustes en las partidas generales de gastos e inversión? No son cuestiones menores.
La estabilidad de los gobiernos es la clave del progreso. En una economía globalizada en la que todos observan a todos, el dinero de los inversores huye de allí dónde hay inestabilidad. No es el caso de España. O no lo será mientras la política no se torne muy desapacible.
El PP cuenta con el apoyo de Ciudadanos en casi todo, pero con el PSOE solo puede contar en unas pocas cuestiones. Aquellas que, como es el caso del desafío separatista, ponen en riesgo la unidad de España. Pero poco más porque con Podemos mordiéndole el flanco izquierdo el PSOE necesita distanciarse a toda máquina del PP al que está unido en el llamado bloque constitucionalista.
Nadie sabe qué va a salir de las urnas del 21 de diciembre. Rajoy hizo lo que debía (aplicar el artículo 155 y restablecer el marco constitucional y estatutario), pero ha sido una apuesta arriesgada. Si la suma de votos y escaños de Ciudadanos, PSC y PP fuera superior a la conseguida por los partidos secesionistas, habrá ganado el pulso, el PP subirá en expectativa de voto en el resto de España y a Rajoy le dará fuerza para afrontar el futuro.
Solo o en unión de otros. Incluso podría anticipar las elecciones legislativas. Cosa otra sería si los secesionistas ganan la partida en las urnas y vuelven con la matraca renovada del “procés”. En ése caso la política española se instalaría definitivamente en un bucle abiertamente melancólico.