• Domingo, 22 de Octubre de 2017

Rehenes en el aeropuerto de El Prat

Los problemas laborales entre la empresa encargada de los controles de seguridad del aeropuerto barcelonés de El Prat

 

Los problemas laborales entre la empresa encargada de los controles de seguridad del aeropuerto barcelonés de El Prat y los trabajadores tienen “secuestrada” la libertad de los viajeros. No es de recibo que los pasajeros tengan que llegar al aeropuerto con horas de antelación a la salida de su vuelo lo que les supone perder horas de sus vacaciones. Cómo es posible que nadie hubiera previsto que en agosto se iba a producir un aumento del número de pasajeros y a nadie se le ocurriera reforzar las plantillas. Los directivos de AENA, responsable de los aeropuertos, pretenden lavarse las manos. Pero, es obvio que no pueden ni deben. Tampoco el gobierno. Parece que en las últimas horas se confirma que hay contactos entre Fomento e Interior para parar el descrédito que para la imagen de España está suponiendo el espectáculo diario en El Prat.
Por supuesto, que los trabajadores tienen derecho a exigir mejoras en sus condiciones laborales, pero estamos hablando de que ello no debe suponer al mismo tiempo un perjuicio grave para miles y miles de personas que cada día se agolpan en colas interminables en el aeropuerto. Es cierto que no está habiendo problemas en otros aeropuertos, con otros miles y miles de trabajadores. Pero en Barcelona ya empieza a llover sobre mojado. La imagen es penosa y los daños pueden ser irreparables. Así que no me parece mal que el Gobierno, al igual que se hizo durante la huelga de los controladores en la etapa de ministro de José Blanco, se esté pensando reforzar el servicio con agentes de la Guardia Civil.
Hay que desear que se llegue a un acuerdo, pero la amenaza de los trabajadores de hacer una huelga indefinida, no se debe consentir. Los viajeros, con sus niños y sus abuelos, no deberían pagar el pato de un conflicto laboral. Y menos ser rehenes de maniobras políticas como pretenden los soberanistas. Parecería que algunos se han conjurado para hacer de Barcelona una ciudad irrespirable y una amenaza para el turista, cuando es una fuente de riqueza y empleo para la ciudad y para la comunidad entera. Unos cuantos miles de pisos turísticos “ilegales” no pueden ser la causa ni la coartada para matar la gallina de los huevos de oro.