• Viernes, 18 de Agosto de 2017

LA POLÍTICA DE LOS EXTREMOS

Los extremos se tocan, dice el conocido axioma matemático. Una de sus principales acepciones ha cobrado especial importancia en las últimas décadas. El extremismo es, así, el término habitualmente empleado en materia política o de pensamiento para expresar no solo un perfil ideológico extremo y, en ocasiones, difícilmente identificable con la idea original. Un ejemplo lo aporta la propia Historia. Si hay una constatación social que confirma esta realidad, la más próxima que se me ocurre –al menos con el necesario calado– el del desarrollo y consolidación del nazismo en paralelo a la consolidación de la revolución rusa y el triunfo bolchevique. 
Ambos, a un ritmo creciente, se cobraron la vida de millones de personas por cuestión de raza y opinión, aunque, frente a la muerte inmediata de los campos de concentración de Hitler, Stalin prefiriese una más lenta, por inanición, en el gulag. Vistas en definitiva las consecuencias, carece de importancia la ideología, salvo porque esta revela que este tipo de antagonismo –el extremista– no admite distinciones y todo se reduce a una rivalidad de insondables consecuencias, como se ha visto. 
Lo que fascina, sin embargo, en estos tiempos es que, pese a la realidad que suponen los hechos de todo conflicto pasado –ahí está, sin ir más lejos, la Guerra Civil en este país–, se recurra a este calificativo como arma política, siempre falaz, en un Estado de derecho. Se adjudica así el término a toda propuesta, idea o pensamiento que no coincide con lo propio, pero, sobre todo, que amenaza con romper lo que, en el otro extremo, podríamos calificar de estabilidad, con la idea de infundir y alentar el miedo, el terror incluso, a cuanto vulnera ese estatu quo que se supone que tenemos que entender como un privilegio al que, casi imperceptiblemente, sin tiempo para otra reflexión, convertimos en modo indispensable de vida. 
La cuestión política –no sólo la española– se nutre del conocimiento de esta realidad, que comparte, sin excepción, la clase que ostenta la representación pero no la que es representada, al menos en un grandísimo porcentaje en el caso de esta última. Como a toda acción, le corresponde una reacción. Y es que insuflar en la opinión pública el concepto extremista del contrario alimenta siempre el propio.