• Viernes, 18 de Agosto de 2017

Qué guay somos en Ferrol

En apenas siete meses –el tiempo transcurrido desde la toma de posesión de las nuevas corporaciones locales– el gobierno municipal ferrolano parece haber dejado ya atrás esa idílica imagen que los dos principales representantes de las formaciones que conforman el bipartito Ferrol en Común-PSdeG se empeñaron en trasladar desde el principio a la opinión pública. No había sombra de duda, salvo la planteada por las habituales reticencias alimentadas por experiencias pasadas, de que todo cuanto se quería demostrar, al menos de cara al exterior, era la imagen de un acuerdo de gobierno que buscaba distanciarse de fracasos precedentes y transmitir la idea de que otro tipo de política, basada también en el pacto, era posible. El ejemplo más patente de lo anterior lo constituía la habitual presencia en cuanto sarao había de los dos cabezas de lista y por ende principales responsables de la gestión municipal. Valía, a tenor de las imágenes, aquello otro tan conocido del “monta tanto, tanto monta” que sirvió a los Reyes Católicos en su día para dibujar el primer mapa de un país nuevo en tiempos en que la península albergaba diferentes reinos. 
Los acontecimientos de los últimos días, motivados por declaraciones sucesivas de ambas partes en torno a la adjudicación de algo tan baladí como la cabalgata de Reyes pero que no ha dejado de sembrar dudas sobre la realidad de esta forzada cohabitación, obligan a pensar que, lejos de la estabilidad, lo que prevalece es la desconexión, no solo en cuanto a la existente entre los dos partidos que dirigen, supuestamente, la ciudad, sino la de sus líderes con las verdaderas necesidades de una ciudad con más que suficientes carencias como para ver cómo quienes argumentaron que los votos mayoritarios, aunque diseminados, de la izquierda obligaban a formar gobierno, dedican tiempo sobrado –del que por cierto se carece– a cuidar más la valla que separa sus prados que a despejar tanta maleza como prolifera en esta esquina de Galicia. Entre esta, la que impide, por ejemplo, que por primera vez en cinco años los presupuestos municipales –sujetos tanto a la obligada negociación tanto entre FeC y PSOE como entre ambos y BNG– no solo no se hayan aprobado sino que ni tan siquiera, por lo que se ve, apenas se esbozan entre tanto intelecto. 
A estas alturas, y salvo quienes de una forma incondicional respaldan a cualquiera de las dos formaciones que sustentan el ejecutivo local, para la inmensa mayoría de esa opinión pública que no es otra que la del común de los administrados, toda disyuntiva se resume en dos únicas alternativas: la de constatar un nuevo fracaso en el obligado entendimiento al que han de someterse quienes dicen defender los intereses colectivos; y elucubrar sobre el tiempo que esta forzado entendimiento –si es que lo hay– tardará en dar la razón a derrotistas, pesimistas y augures políticos de turno. Por lo pronto, hay quien en el gobierno local piensa que cuestiones como estas, supuestamente serias, se prestan también a la mofa y que ser guay también es válido en estas lides. Aunque los gritos retumben.