ED [RR] AR EN FERROL

La situación de la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) en Ferrol, aquejada de graves deficiencias que impiden que realice su cometido, se halla más en el plano político que en el necesariamente obligado de dar una solución inmediata a tal estado. El principal problema viene dado por el total antagonismo que se evidencia entre los argumentos expuestos por el grupo de gobierno de la ciudad (Ferrol en Común y PSdeG) y el partido en el gobierno de Galicia, hasta junio pasado también al frente de la urbe naval. 
Dice el refrán que “errar es de sabios”, pero cabría añadir que la necedad, motivada en muchos casos por la negativa a reconocer los hechos, desvirtúa tanto el dicho que lo hace insostenible. La negación siempre supone un perjuicio, en este caso, más que para la esfera política sujeta a responsabilidades, para el común de los vecinos, hartos ya de que tan simple como asmático juego solo les afecte a ellos. Si hasta hace escasas fechas el principal argumento esgrimido por el PP a la hora de decidir pasar al cobro una nueva tasa, de forma unilateral y lineal –esto es, a todos los vecinos de la ciudad, independientemente de que sus viviendas estuviesen o no conectadas al sistema– pasaba por defender a ultranza la necesidad de hacer sostenible este para recuperar la salubridad de las aguas de la ría, aquél se cae ahora por su propio peso ante la constatación de que tal prestación es, como se ha comprobado, inexistente. En resumen, que ni tan siquiera los vecinos “conectados” estaban recibiendo tal servicio. En la práctica, lo cierto es que la promesa electoral de los nuevos responsables municipales de retornar lo cobrado a los contribuyentes ya no solo se sostiene en el hecho inicial de que no todos disponían de tales prestaciones sino que ni tan siquiera quienes en teoría las recibían deberían haberlas satisfecho. Toda explicación es inútil por el simple hecho de que no admite otras lecturas. Como se ha visto, la cautela con la que el ejecutivo local abordó inicialmente tal demanda vecinal se ha transformado en certidumbre y, por lo tanto, en obligación. Si alguna duda cabía sobre las reclamaciones vecinales, esta ya ha desaparecido de forma tan contundente como lo sería la obligación de pagar el peaje de una autopista no construida. Lo que importa es que quienes tienen responsabilidades, acostumbrados como están a recapitular en el tiempo a la hora de achacarlas a sus predecesores, recuerden también aquel otro, tan oportuno para el caso, de “nunca digas que de esta agua no beberás”,